"Hacer teatro es un acto subversivo de la realidad"

Una imagen se terminó transformando en una epifanía de su propio destino: su padre actuando en el escenario de su escuela primaria y después haciendo obras de teatro vocacionalmente. Era un momento de comunión particular. Era un momento de felicidad. Era un ritual, que se completaba siempre con una posterior comida de camaradería. La imagen fue tan vivida en su infancia, que después su hermano mayor siguió teatro. Apenas unos años después Juan Pablo Galimberti entraría en la EMAD, persiguiendo esa imagen de felicidad. Esa foto, vivida, fresca, es una continuidad de su propia vida. “En realidad todo comienza con mi viejo Jorge. En la asociación de padres del colegio se decidió que querían dar servicios a los padres y abrieron un curso de teatro. El objetivo es que esas obran eran hechas de los padres a los chicos. Después eso terminó en un taller de teatro en la Universidad de Belgrano, donde hacían obras. Y ahí tengo el registro fuerte de ver a mi viejo actuar. Si ahora lo pienso es ahí donde me dieron ganas. Me acuerdo que era un lugar de risa, liberación y transformación. Algo que era lindo. Recuerdo que íbamos a ver a mi viejo y después a comer y nos quedábamos todos charlando. Ahora eso es muy común en mi vida. Voy a ver una obra y después nos vamos a comer y así. Eso que pasaba ahí, ahora lo continuo”, relata el actor, director y dramaturgo, ganador de la última Bienal Arte Joven con su obra Chinitos en 2015 y como actor en Algo que no parece en 2013.

Juan Pablo , 31 años, está sentado en un bar del Abasto, una zona que conoce al dedillo, tanto como La Paternal donde vive actualmente, con una postura de concentración absoluta, casi abstraído del mundo. Parece un teólogo o un alquimista. Juan Pablo está sumergido en un tema que lo apasiona, lo sagrado y lo profano, o lo que él sintetiza como la lucha del bien y del mal, algo que rige la historia del mundo. Tiene un cuaderno con anotaciones. Y un libro fotocopiado y espiralado, con frases y párrafos enteros, subrayados. Juan Pablo tiene una obra en proceso que llevará a una residencia en Barcelona, como premio de la Bienal, y otra terminada llamada La Rabia, impulsada por su producción en el taller de dramaturgia junto a Javier Daulte, donde asiste hace cinco años. En ese espacio experimental creativo y empírico nació su reconocida obra Chinitos, que estrenó en el sótano del teatro Beckett. Pero su primer texto dramatúrgico no nació allí, sino durante un set de improvisaciones con dos actrices cuando estudiaba actuación en el conservatorio de arte dramático. “Naturalmente empecé a bajar esas improvisaciones a papel y naturalmente empecé a trabajarlo como un texto. Después le siguió otro texto que escribí totalmente solo. Yo todo lo que voy haciendo lo aprendo trabajando. Sabía como hacer una obra porque estaba actuando mucho. Estaba terminando el conservatorio y trabajando en una obra comercial, Filomena Marturano en el Multiteatro, y como que estaba flasheado con toda esa situación. Era impresionante todo para mí. Estaba trabajando de lo que me gustaba y la escritura se me dio por necesidad. Necesitaba escribir esa obra y la escribí. La veo con el tiempo y me sigue gustando. Se llamaba Chat, una obra clásica en su estructura, que a través de Hugo Arana llego a manos de Javier Daulte. Fue cuando me invito a su taller. No tenía idea que Javier daba clases. La idea de ir a lugar a probar algo es muy bueno”

El caso de Juan Pablo Galimberti es un caso particular dentro de la nueva escena. Su espacio de trabajo pendulo mucho tiempo entre el teatro comercial y el teatro off. “Ese pivoteo se fue dando en el hacer. En la medida que van apareciendo cosas uno empieza a decidir. Hubo un momento en que decidí muy convencido por el teatro off, porque lo único que tenés es la voluntad como primer motor o incentivo”. En ese proceso creativo, su animal interpretativo le fue dejando paso a una nueva bestia dramatúrgica.  Esa bestia se transformó en una fauna propia. Sus personajes que acarician lo áspero y lo fantástico, son acosados por un exterior que padecen como una amenaza. A la vez sus relatos se van construyendo en capas con escenas que transcurren en paralelo. “Lo que me interesa es trabajar con una situación cotidiana y a esa situación cotidiana abrirle un mundo fantástico, abrirle un lado paralelo, como hacía Cortázar. A mi hay algo de la escritura dramática del teatro que me fascina y es construir una realidad para llevar al publico al otro lado y generar la metáfora. Trabajo mucho con la extra escena, con lo que esta por fuera. Sucede todo en un mismo espacio casi en tiempo real, pero por fuera sucede otro panorama también y quizás algo más siniestro, ligado al terror. Me interesa lo fantástico. Me cuestiono mucho el binomio bien y mal. Y el teatro sirve para responderse esas preguntas. Hablando de lo que esta bien, esta mal, lo sagrado y lo profano, puede surgir otra cosa que desconozco, pero de la que estoy en búsqueda y que en el teatro se da como algo transformador”

 

 

Juan Pablo mira de frente, echado un poco hacia adelante, como yendo hacia el otro, como en un tono de confesión.”Acabo de terminar de escribir una obra pero dirigirla va a ser revelador. Ahora la obra es eso, lo que está escrito. Ya está. Pero ahora tengo que pasar a otra cosa, tengo que montarla y ahí es cuando me empiezo a entusiasmar”. Entonces Juan Pablo empieza a imaginar como quedaría esa obra montada, como serán las luces, como la interpretarán los actores, como se equivocaran y volverán a empezar hasta que la hojarasca escrita en el papel se empiece a despejar y el dibujo de un universo nuevo empiece a crecer, vivir, latir, delante de sus ojos. 

Son procesos largos confiesa Juan. Los resultados nunca están a la vista. No hay futuro. Una obra en funcionamiento es el aquí y ahora. Por eso, la repercusión artística y el sostenimiento de la Bienal durante estos años, se nota en su estado de ánimo, en su tono gestual de agradecimiento. “La Bienal me dio mucha alegría. No solo esta sino la anterior también. Son dos bienales donde pude estar con dos obras que me encantan. Una es Algo que no era (donde ganó el premio al mejor actor) y la otra Chinitos. El reconocimiento que uno tiene está buenísimo. Durante mucho tiempo a costa de sacrificio vas en búsqueda de algo que como no lo tenés no importa. Seguís trabajando y seguís haciendo cosas y de repente en un momento dado esas cosas vuelven, a una obra le va bien y pierde sentido eso de no me tiene que ir bien. Para mí que te vaya bien es que pueda vivir de esto. Para mí eso es fundamental. Fue un objetivo que tuve que ponerme en un momento de mi vida, dedicarle mi vida a esto."

¿Cuando fue eso?

Tercer año del Emad, conservatorio de actuación. La mixtura fue fundamental en un primer momento. Bueno, tengo que pagar cosas y tengo que vivir. ¿Qué hago? Y bueno voy por acá. Después aparece lo que uno quiere y después buscas la manera de hacer eso. Así comenzás a investigar. La investigación es fundamental. Explorar modos de hacer, también. Y no tener prejuicios.

¿Tenías modelos de otros trabajos que te gustaban?

Si Javier Daulte al principio porque veía sus obras y me encantaban. Era un momento donde miraba mucho teatro. Pero siempre hay referentes. Veronese, en su momento me partió la cabeza con “Mujeres sueñan con caballos”. La vi en el Camarín de las Musas en una puesta reducida y recuerdo no salir igual después de verla. Salí diferente de la obra y diciendo: “quiero hacer algo así”. En paralelo, también me encantó de Javier Daulte “Nunca estuviste tan adorable”, una puesta re lejana en el Teatro de la Ribera. Y a la vez me sentía adentro de lo que estaba pasando en la escena. Y Manuel Gonzalez Gil, con el que trabajé un montón. Fue un maestro en el trabajo y en el oficio teatral de probar cosas.

 

A los quince años, Juan Pablo Galimberti ya estaba probando cosas en el teatro. Estudiaba en la Universidad Popular de Belgrano, donde ahora, vueltas de la vida mediante, da clases. Sus padres querían que estudiara una carrera universitaria, sea lo que sea, pero Juan después de un paso en falso en Administración de Empresas, entró en la EMAD, donde curso cuatro años de actuación. El teatro ya era parte de su vida. Seguía los pasos de su hermano, a quien dirigió en la primer temporada de Chinitos. “Fue un aprendizaje grande dirigir a mi hermano Matías (37) con una obra que había escrito yo”.

Chinitos es una obra emblema por el momento en que apareció en su vida y por el peso que le dio dentro de la escena de nuevos dramaturgos sub30. “La verdad que en ese momento me estaba separando y fue un lugar donde poner todo eso. Cuando escribo son necesidades. Ahí estoy poniendo algo que en lo cotidiano no lo puedo verbalizar ni entender. Aunque en el libro el mundo es claro. No puedo hacerme el boludo frente a lo que pasa. En Chinitos, por ejemplo, hay una separación clara y transformadora, incompresible en ese momento, pero que me dio la posibilidad de aprender”. Aprender mientras hace, esa es la frase preferida del actor y director. En, todo caso, es la lección que aprendió en todos estos años en el teatro independiente, en el teatro oficial y en el teatro comercial participando como actor en obras como "Las Islas" de Carlos Gamerro (dirigida por Alejandro Tantanian),"Juana Azurduy" y "Filomena Marturano" (dirigida por Manuel González Gil) o "Algo que no era", de Pablo Quiroga y "Piedra sentada" de Ignacio Bartolone, donde encarnaba a un perro mítico, un dios llamado El gran peludo. 

La otra lección, de lo que aprendió hasta ahora, es simple: sabe que no hay teatro, sino hay un hacer con otros. “El teatro sino es en equipo no se puede hacer. Desde el que pone la luz hasta el que dice el diálogo final. Para hacer teatro independiente hoy tenés que tener muchas ganas. Hay muchos condicionamientos que hacen difícil que se haga una obra. Pero en la medida que se hace el vuelo es mucho más grande. Hacer teatro es algo ilógico, un acto subversivo de la realidad, es inexplicable, por eso tiene que estar en otro lado puesto el por qué hacer teatro. Primero porque tenés una necesidad de entender y entenderse haciéndolo. Yo creo que si estaría en una oficina no seria esta persona que soy ahora”. 

Gabriel Plaza

 

Autobiografia

 

Mi barrio. Vivo en la Paternal y me encanta. Es un barrio buenísimo. Estoy a diez cuadras de la cancha de Argentinos Juniors. Hay barcitos muy lindos y bodegones. Todavía hay señoras que se sientan en la vereda, cosa que no me parece menor. Hasta parejas de abuelos sentados en la puerta. Que eso siga sucediendo habla de que el barrio sigue vivo.

Dramaturgos Sub30. Veo a muchos dramaturgos buscando,  probando y trabajando un montón; y veo que hay muchas vertientes de búsquedas estéticas que abren muchos mundos como Ignacio Bartolone, que a mí me parece espectacular lo que hace y tiene una poética rota, donde investiga mucho los géneros; o Pablo Quiroga, que me encanta lo que escribe. Me pasa que veo muchas obras dramaturgos de mi edad que me encantan y me llama la atención lo que hacen. Ademas están Tantanian, Daulte, Bartis, Boris, Kartun que siguen escribiendo y produciendo. Muchos de los autores que son referentes nuestros sigue escribiendo y conviven todas esas capas de dramaturgos. 

Circuitos. La verdad que veo mucho teatro. No tengo mucho la cultura de ir a ver bandas. Mis recitales son las obras de teatro. El Beckett lo circulo mucho, La Carpintería, El Callejón y Timbre 4, también. Después ando mucho en bares. Hay un bar llamado Los patriotas en La Paternal que está buenisimo. El Rojas es otro espacio muy bueno donde voy a ver nuevas obras y nuevas cosas que están apareciendo, pero tal vez tendría que salir más. 

Residencia. Me voy al Obrador Internacional de Dramaturgia en Barcelona a un seminario en el Beckett Teatro. Me interesa mucho. Es una semana intensiva de trabajo sobre una obra a medio realizar. Tengo que llevar un proyecto y poder desarrollarlo un tiempo. Tenía una obra que la termine y no la pude terminar bien como me hubiese gustado y ahora viéndola con el tiempo creo que se por donde tengo que reescribirla. Pero para eso hay que tener tiempo y un contexto. Y este contexto estaría buenísimo para empezarlo a trabajar. En ese sentido La Bienal de Arte Joven es una plataforma buenísima porque te ayuda justamente a seguir produciendo, a seguir probando cosas, y eso es necesario.

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