“Ideas tiene todo el mundo, la diferencia es que un artista las hace”

Martín Bernstein, tiene 30 años y no se cree una figura en ascenso, aunque sus obras hayan pasado por el Museo de Arte Moderno y el Museo Bellas Artes. Fue ganador de la última bienal, practica boxeo y es hincha de Defensores de Belgrano. 

Digámoslo así, Martin Bernstein, último ganador de la Bienal Arte Joven en el rubro artes visuales, no se cree del todo un artista pero vive de eso. Lo suyo dice, lo podría hacer cualquiera. “Ideas tiene todo el mundo, la diferencia es que un artista las hace. No quiere decir que vaya a ser bueno o malo. El 98 por ciento de las ideas no funcionan. Pero lo único que hace falta para ser artista es una obra. Esa es la diferencia con el resto de la población”. Martin es un video artista, un antropólogo digital, un recolector de imágenes, que cuando está frente a la pantalla de su computadora sabe lo que quiere. Sus obras ya pasaron por el Museo de Arte Moderno y el Museo Nacional de Bellas Artes. En 2009 ganó el concurso de Currículum Cero de la Galería Ruth Benzacar con unos dibujos realizados la noche anterior. Ese fue su ingreso oficial al circuito del arte contemporáneo. “Yo no estudié arte. En realidad, estudié antropología. Me interesaba la parte sociocultural hasta que me di cuenta que estaba yendo a la facultad a dibujar. Me la pasaba dibujando. Y en un momento, a mitad de la carrera, me quedé sin baterías. Empecé a ir a la facultad cada vez menos y justo quedé en Currículum Cero. Como me fue bien, empecé a contemplar la posibilidad que me podía dedicar a esto”

Tenía todo el futuro por delante. Entró al programa de artistas de la Universidad Di Tella, sin tener demasiados antecedentes con el arte, salvo el consumo promedio de una familia clase media. “Mi viejo leía muchas historietas. Nos pasaba la vieja Fierro de los ochenta. Qué sé yo, había cierto interés cultural. Ibamos al cine, escuchábamos música. También conocía al padre del mejor amigo de la infancia que era artista, capaz que vino por ahí. Pero ni se me había cruzado por la cabeza terminar dedicándome a esto. No hubo un quiebre o una revelación que iba a ser artista. Empecé a decir que era artista cuando avance en el trayecto. Cuando uno dice que es artista quedás como un pelotudo. Uno supone lo peor y con motivo. Pero cuando me preguntan que soy: principalmente digo artista porque es lo más parecido a lo que tengo de una profesión”, concede a regañadientes el video artista. 

Martín es hincha del equipo de fútbol Defensores de Belgrano y tiene un odio epidérmico a Excursionistas, su viejo rival. Luce como un aprendiz de boxeador de categoría pluma con su camiseta blanca, como si estuviera a punto de hacer un guanteo. A veces esquiva o devuelve con un jab las preguntas. A veces es irónico y agradecido. A veces es cínico. A veces es divertido. Todo el tiempo es frontal. “El lugar que ocupa el artista en la sociedad es una cuestión que a mí no me sirve de nada planteármelo. No para lo que hago. Primero que no soy ninguna luminaria local, ni tuve un ascenso meteórico. Fue un poco lento para mí todo. La parte de auto promoción tampoco me sale. Antes lo tomaba como un orgullo, ahora que estoy más grande me doy cuenta que es una falencia. Siempre tuve la suerte que me convocaron por mi trabajo”, confiesa.

Cada tanto durante la charla se hace la misma pregunta ¿por qué dejó el dibujo?, su primera credencial como artista. “Antes dibujaba un montón”, dispara con nostalgia, sobre ese período intenso de producción cuando iba a los talleres de dibujo de Lux Lindner entre 2006 y 2008. Hace tiempo que su trabajo está orientado al video arte. Martín es un artista del archivo y lo documental. La recopilación  de datos le viene de chico. En su adolescencia fue un compulsivo coleccionista de vinilos: tiene 1200 discos guardados en la casa de sus padres. “Tengo muchas joyitas”, desliza. Después le picó el bichito y empezó con otras cosas: juguetes, historietas, iconografía de los sesenta.

En un punto, ahora hace lo mismo con el arte visual, pero coleccionado y bajando imágenes de internet. Ya no necesita de un espacio físico. Eso es lo que más le gusta de su nueva profesión. “Dejé de dibujar y ahora hago más video, collages y ready made (la referencia es Duchamp). Trabajo con mucho material de archivo. Antes de ser artista era coleccionista de antigüedades. Hasta los 25 años compraba vinilos para mi colección. Iba a Parque Centenario religiosamente, todos los domingos desde los 16 años. Eramos un grupo de amigos coleccionistas que hasta llegamos a tener una banda con Roberto Collazo, que tocaba en Reynols. De los discos pasé a coleccionar cualquier cosa: juguetitos de lata japoneses, iconografía de los cincuenta, historietas de terror, postales, cajitas de fósforos. Terminé armando un micro museo en mi pieza que era como un altar de la cultura del siglo XX. Tenía mucha más facilidad para procesar esa información que para dibujar. El ojo lo conservo hasta ahora, la mano la perdí”. 

-¿Cómo empezaste a construir tu discurso estético?

-No fui a una universidad, aprendí a procesar información con el coleccionismo y a entrenar el ojo en el Parque Centenario cada domingo. Tenías que rastrillar entre los miles de puestos y encontrar la gemita perdida. Tenía el fetiche del coleccionista, que no es el mismo proceso de fabricar algo, pero si me acuerdo que a la hora de acomodar una colección y como ponía una cosa en función de otra, es lo mismo que hago ahora. Siento que todo ese tiempo para mí fue un ejercicio. Recuerdo una vez que al Di Tella vino el artista español Santiago Sierra y una frase que me dijo fue como un clic para mí: “Una cosa al lado de otra cosa, eso ya puede ser una obra”. Y creo que trabajó así, casi exclusivamente. De repente mi intervención en una obra no está diseñada para que se note. No siento esa pulsión. Todo lo que uso lo manoseo un montón y está recontra editado, pero la parte de autoría no me interesa tanto. Me gusta que sean productos casi automáticos provenientes de la cultura popular. Mis obras operan con esa lógica. No firmo lo que hago. Pero si lo vendo, la plata es para mí." 

Si tiene que definir su obra prefiere llamar a un curador. Esto escribieron sobre su trabajo, que colgó en su tumblr: “La obra de Martín Bernstein transita los límites confusos entre consumidor y productor. Valiéndose de imágenes conocidas, tomadas de la cultura popular, genera obras y contenidos de autoría difusa y mensajes erráticos. Yuxtaposiciones improbables que envuelven comentarios mordaces. Bernstein levanta cuestionamientos distintos: sobre la veracidad y construcción de los discursos (el político, el de los medios, el de las teorías conspirativas), sobre la posición del autor en la práctica contemporánea, y sobre la obsolescencia de las tecnologías y los relatos que la sostienen trabajando con video, instalación, imágenes digitales e intervención. Las piezas de Bernstein oscilan entre la critica, el absurdo y el humor. La nostalgia, el lo-fi, los comics, el submundo de internet y la gráfica de posguerra funcionan como dispositivos para subvertir las formas de la propaganda y la publicidad, y para reproducir una crítica que de la mano del humor se permite problematizar temas ásperos, como el terrorismo, el imperialismo y la economía de mercado”. 

Si leyera esta definición de su obra en voz alta, seguramente levantaría la ceja o haría un comentario capcioso sobre sí mismo. Hay un lugar del arte que no le sienta cómodo. Tampoco quiere darle una importancia exagerada al rol del artista dentro de la sociedad. Es más dice que el arte contemporáneo no es masivo y que su obra es producto de un capricho y nada más. Un capricho que termina siendo un manifiesto irónico y feroz sobre la política. “Para mí no hay ideología en mi obra, pero todo el mundo dice que es muy irónica y cínica. Me gusta resignificar algo de ahora en función a imágenes anteriores. Trabajo mucho con la imaginería política desde un punto de vista estético. Una imagen política de los sesenta con su grano textura al lado de un video de youtube tiene un montón de información que te ancla en el período de donde lo sacaste. Así he trabajado con un comunicado de la ETA o un manual del terrorismo místico que repartía la CIA en Nicaragua. Con eso ya como que no necesitas ambientar la obra. Eso lo resuelve solo. Haga lo que haga es cínico e irónico. Soy, a pesar de mí” 

La casa donde vive Martin Bernstein es extraña. La arquitectura con referencias árabes en las columnas y mosaicos no tiene sentido y parece el resultado de un arquitecto pasado de drogas. Hay pequeños pasillos que no conducen a ningún lado y espacios sin uso. El lugar, que pertenece a un abogado sirio libanés y vivió momentos de esplendor en los noventa, parece que hubiera recibido un bombardeo. Hay techos que parecen caerse; habitaciones a medio hacer y el living, con espejos recortados verticalmente como en una discoteca de los ochenta, es muy trash. La iconografía que aparece también tiene cierto delirio: un póster de Leonardo Di Caprio (el de Titanic) y otro de Cristina Kirchner; y una mesa con restos de cigarrillos y una botella de una bebida blanca a la mitad. Parece una puesta para la película del Gran Lebowsky. Lo que domina la escena es un pequeño altar, donde está la tapa de un disco de vinilo de Sigue Sigue Sputnik, muñequitos de personajes del comic, una foto del grupo peruano de cumbia amazónica Juaneco y su Combo, una fotocopia de una foto de Pappo con Juanse y una postal de los Redonditos de Ricota, que completan el caprichoso collage. “Yo no intervení para nada" se ataja Martín. "Todo esto ya estaba cuando vine. Si hubiera sido yo, estaría todo un poco más curado”, dice y se ríe.

Desde el garage se escucha un golpe de batería. “Es un amigo que está dando clases. Tiene una banda que toca música disco y otra banda increíble llamada Rock nacional jurídico, que es de un abogado y que las letras son parte del código penal”. También con él, viven un crítico de arte que arregla computadoras y otros amigos. “Ya viví en casas con mucha gente en lugares distintos así que estoy acostumbrado”. El lugar es como si todos, en cualquier momento, estuvieran a punto de fugarse. Martín no necesita muchas comodidades materiales. Tiene su computadora con la que recolecta imágenes que forman el archivo para sus obras y un par de bultos más. Puede que se quedé mucho tiempo en la casa. Puede que se vaya en unos meses. Ahora está en Buenos Aires pero sueña con volver a Berlín, donde estuvo viviendo unos meses haciendo stand up en inglés. “Me acuerdo que vendí una obra y pensé: “O pago ocho meses de alquiler o me voy”. Estuve en Berlín cuatro meses. Allá conecte más con la escena de los que hacen stand up en inglés y tuve tres experiencias en las tablas. A la vuelta me puse a trabajar en una obra de teatro llamada Rosa chancho en el Rojas, donde ellos convocaban artistas para que dirijan actores. Después me ofrecieron un par de muestras y acepté todo lo que me ofrecían, como intervenir una sala en el Museo de Bellas Artes. Así fue que me terminé quedando”.

-¿Cómo es el proceso de tu trabajo?

- Es un largo recorrido viendo material de archivo. Estoy muchas horas en internet. El proceso es ese. Termine acomodando el tipo de obra que hago, al tipo de vida que llevo. Estoy el día entero mirando fotos y videos y voy trabajando con eso. Ahora la obra para fin de año que es una escultura gigante, es un oficio que no tengo voy a trabajar con realizadores de la tele, del programa de Capussotto. Va a ser una puesta en escena con esculturas y videos. Algún día volveré a dibujar. Hago historietas pero tampoco las hago yo, sino que son collages: cortar y pegar digitalmente. No me calienta tanto la idea de producir y reproducir. Me interesan los procesos industriales. Me tira más ese lado y tuve la suerte que sea una operación que está contemplada dentro del arte contemporáneo. Habría que ver que hubiera pasado si no era así. Pero pude hacer una carrera de esto y dedicarle mi vida.

-¿Si le tenés que explicar a alguien que no es del mundo del arte lo que haces qué les decís?

-Eso me pasa todo el tiempo en el Club de Defensores donde entreno boxeo y soy hincha del equipo. Cuando digo que soy artista piensan que soy actor. Si les digo que hago video arte, me terminan diciendo: “ah, vos sos el de las pinturitas". Salvo cuando viene Lolo el de Miranda que entiende lo que hago. Son como universos distintos. Pero para mí el talento en el boxeo es un factor mucho más importante que en el arte, en principio porque los errores se pagan más caro. Y segundo, en el arte tenés un montón de estrategias para salvar una falta de capacidad. ¿Cuantos artistas hicieron carrera de no dibujar bien? Un mal dibujo puede ser una buena pieza de arte y viceversa. Es otra lógica que a mí me costó entender al principio. De Duchamp para acá se sigue creyendo que era un vivo bárbaro porque puso un mingitorio como pieza de arte. Lógicamente es la reacción del sentido común. Yo arranque muy del dibujo puro pero después entendí que en el arte operan otras lógicas. En cambio, en el boxeo la falta de talento no va.

-¿En el arte dónde está tu fuerte?

-No me toca a mí decir eso. Quizás sea poder procesar volúmenes grandes de información y ver como ordenarlos. Tengo ideas y después es el capricho para ver como las hago. Para mí el misterio se acaba ahí. No es darle al mundo algo. El arte contemporáneo no es masivo. ¿Quién lo va a ver?. Mi motivación es ver como quedan. Es ese capricho. Y tengo la suerte que de repente puedo llegar a tener una idea extravagante y hay gente dispuesta a invertir en eso. Con lo demás ¿qué sé yo?. Con algunas cosas me doy maña. Pero uno es malo para juzgar el trabajo propio. 

Martín se despide. Está parado detrás de las dos rejas que separan la calle de la puerta de entrada. En ese momento no se parece al artista que hace esa obras de archivos monumentales en salas contemporáneas. Se parece más al chico de barrio que hace unos días estaba cantando debajo de la lluvia en un partido de Defensores, o al joven luchador que todavía sueña con subirse a un ring.

- Gabriel Plaza 

 

Referencias culturales
Trato de usar cosas y referencias culturales que la gente pueda levantar de mi obra. Es como las películas de Tarantino que tienen muchas referencias de culto pero que si las gente no las levanta la película funciona igual. El proceso de la obra es una ecuación. Es el universo menos X y yo tengo que despejar la X,  lo que no va, porque dispongo de todo en internet. Es un archivo infinito a mi disposición. El desafío es ver todo lo que no va. Ir a machetazo sacando todo lo que no le sirva a la obra.

Música
Más de pendejo tenía esa cosa obsesiva de escuchar quince discos por semana o bajarme de todo en Mp3. Ahora no tengo tanto tiempo. Ahora hago más cosas en vez de consumir. Pero me gustan el dub, el rock steady, el garage, el soul, el funk y el punk. También escuché afrobeat, krautrock, música andina y del resto de América Latina. En un momento estaba loco con eso. Pero lo que me interesan son las bandas de garage. Es como una hermandad. Donde vayas están en la misma que vos. Eso en cualquier parte del mundo. Tienen los mismos valores y les gusta lo mismo.

Presente
Estoy trabajando sobre una historieta con un guión que me dio mi amigo Nacho Bartolone (bienalista ganador con la obra “Piedra sentada, pata corrida). No conocemos hace diez años. Todavía la estoy tratando de entender. También tengo un viaje pronto para la residencia artística de dos meses que me gané participando de la Bienal. Lo bueno es viajar y conocer lugares. Todavía no sé lo que voy a hacer allá. Quizás haga obras o me junte con un colectivo de artistas”.

Experiencia Bienal
La verdad participé porque interesaba ganar la residencia y gané. Estuvo bueno conocer gente de otras disciplinas y ver que les representaba a ellos. Uno se da cuenta que los músicos no la tienen tan fácil y estaban agradecidos. Y los de las artes visuales mucho menos. El jurado fue bueno y la curaduría fue interesante. Además en los talleres conocí otra gente. 

Escenas
Lo que tiene de bueno la escena de arte contemporáneo es que conocés videastas, pintores, performers, fotógrafos, músicos y gente de distintas disciplinas. Conoces gente de todos los espectros y eso está bueno. La escena contemporánea es diminuta. Salvo que seas autista conocés a todos. No hay estrellitas acá. No podés creértela, porque sabes todo lo que falta con respecto afuera. No es como los rockeritos que sea la creen, como si no se dieran cuenta. En el mundo del arte no pasa. Es raro encontrar alguien que se la crea, y cuando se la cree no tiene motivos y queda como un gil. A los que mejor le va y hacen carrera afuera, es gente súper centrada y abiertos a ayudar a los otros artistas. No hay margen para creérsela. Yo tampoco soy ningún genio. Si le diera ese lugar a mi ego sería un imbécil, no digo que no lo sea. 

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