"La idea de contar una historia me parece ingenua"

Ignacio Bartolone desmantela su traje de invierno compuesto por capas de ropa. Un horno pizzero cercano levanta temperatura. Se mira al espejo que tiene sobre un zócalo de la pared de mosaicos como un acto reflejo, como si tratara de reconocerse en ese hombre-niño de 31 años que tiene frente a sus ojos. La expresión extrañada dura unos segundos. Pide un café. Se arrepiente, pide un agua. De fondo suena una canción de Adele. Es una pausa entre sus trabajos con la puesta de "La piel del poema", que sigue circulando en distintos escenarios y la próxima clase de teatro, como docente. Nacho parece acelerado. Hay una pulsación casi adolescente en su discurso que busca explicarlo todo, desde una visión estética y poética de las cosas, pero como un estallido de imágenes, como la impresión que deja en el cuerpo un riff de guitarras de El Mató un policía motorizado. Sus obras son así. La palabra, la poesía, el delirio, las imágenes, el tono corrido de los personajes y los textos son lo más importante.

“Piedra sentada, pata corrida”, lo presentó como un joven director y dramaturgo de peso que se corrió de las estéticas más experimentales para crear un imaginario propio, entre la farsa y el surrealismo criollo, con una potencia poética. La crítica y ensayista Mercedes Halfon lo define así: “A contrapelo de la creencia en la muerte del autor, estos chicos (Bartolone y Mariano Tenconi Blanco) parecen haber venido a insuflarle nuevos aires, preocupaciones, un shock de poesía, un imaginario diverso, abstracción. Pareciera guiarlos una necesidad imperiosa de generar nuevos pactos con el presente. Estéticos, políticos, musicales, literarios, nuevas preguntas para llegar a nuevas síntesis”.

En el caso de Bartoloné, su "gran" primera obra nació de un impulso casi casual y circunstancial, a pesar que se había preparado en puesta escénica con Juan Carlos Gené, había estudiado actuación con Andrea Garrote y antes de entrar a la EMAD había cursado dramaturgia con Alejandro Acobino. “En ese momento estaba trabajando con un grupo de actores que estaba armando una obra sobre una banda de rock yugoslavo. El director se tuvo que ir por trabajo afuera y quedé a cargo. Les pedí a los actores que me tengan paciencia. Me encerré a escribir y así nació Piedra sentada, pata corrida. Yo los llevé de Yugoslavia a la Pampa”. La situación todavía le causa gracia.

Cuando escribió “Piedra sentada, pata corrida”, Ignacio había estado una temporada inmerso en lecturas como “Una excursión a los Indios Ranqueles” de Lucio V Mansilla y la novela “La liebre” de Cesar Aira. “Me parecían alucinantes”, dice ahora Nacho Bartolone, acentuando las consonantes y recobrando ese pulso entusiasta que le despertaron esos textos, y que casi sin saberlo lo empujaron a escribir una obra. “Cuando empecé a escribir el proyecto de "Piedra sentada, pata corrida”, empecé a hacer un gran acopio de textos literarios que trabajaran sobre la temática de los indios. Así aparecieron libros buenísimos como el de Aira, otro de Sara Gallardo y algunas cosas más viejas como las primeras obras representadas en la Argentina, que eran sobre mitos aborígenes. Pasa que lo que me interesaba a mí, no era la representación mimética, porque me parecía que era una falta de respeto. Lo que quería era hacer lo contrario. Trabajar el estereotipo del hombre blanco que encasilló a los pueblos originarios. Si lees textos de Esteban Echeverría o Sarmiento te das cuenta de que manera los definían a costa de ubicarlos de una manera determinada para poder exterminarlos, y mostrándolos casi como si fueran unos cavernícolas. Por eso, la obra se enuncia como una farsa. La idea está puesta en evidenciar esa idea maniquea del hombre blanco. Por eso, en la obra actúa gente de piel clara. Es como muy falsa esa construcción. No pretende ser genuina o realista”.

-¿Es como cuando a los chicos los pintaban en los actos escolares con corcho quemado para hacer de indios?

-Claro, es esa idea. Tengo la imagen muy presente en un acto escolar en la que yo hacía de Colón y mis amigos de piel trigueña de indios. El estereotipo está de muy chicos y que se celebre el día de la raza me parece una vergüenza. La obra tiene ese espíritu de telón pintado. Una obra hecha como en un club de barrio pero a propósito. También tiene esa idea trashumante como si fuese una especie de compañía que puede hacer la obra en cualquier lado. Hay una anécdota que me gusta mucho de los hermanos Podestá en las épocas del circo criollo y es que cuando hacían la pelea entre Martín Fierro y el Negro, en un momento determinado el público se paraba de manos para defender al Martín Fierro. Me parece una idea extraordinaria de que algo tan falso pueda tener ese nivel de convencimiento.

 En la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramática), Nacho Bartolone ensayó una escritura nueva guiado por Luis Cano, Ignacio Apolo y Alejandro Tantanián pero nunca llegó a terminar ninguna obra. En su primera pieza, ganadora de la Bienal de Arte Joven de 2015, hay algo de ese espíritu de lo inacabado. “En La piel del poema” hay algo más cerrado, pero en “Piedra sentada…” no y eso me interesa. Porque me da la impresión de lo que se ve en la obra es como una especie de retazo, como una impresión de algo. No es una novela en términos artistotélicos. De hecho tiene dos partes. Conviven las dos partes, pero podrían funcionar de forma autónoma. Es una manera de romper cierta simetría de la trama con respecto a lo moral. Eso que hay mucho en el teatro de querer dejar una enseñanza. Yo no puedo dejarte algo en esos términos. No puedo bajarte una línea. El teatro tiene una carga muy ética, muy moral, muy humanista de generar consciencia. A mí eso no me interesa, porque es esa idea salva consciencia. Vas al teatro, una vez por año, bien empilchado con una idea de arte supremo y por ahí lo que ves es una porquería. Pero para mí esta bueno que una obra deje otros sabores, que despierte otros sentidos. Pero es difícil porque seguimos con la vieja idea del teatro.

-¿Quizás eso tenga que ver con una larga tradición social, cultural y política del teatro en nuestro país?

-Esto que voy a decir puede sonar a lugar común, pero todavía mucha gente que hace teatro sigue pensando que lo que está haciendo es contar historias y para eso el cine y ahora las series te matan. El teatro tiene que buscar otra zona de desbordes poéticos y de acción dramática concentrada. La idea de contar una historia me parece ingenua. Cuando voy a ver una obra y veo que la intención es contarme algo y uno ve las luces, conoce a alguno de los que actúa, no termina de confiar en eso. Entonces prefiero los desbordes poéticos, insisto en eso, como si por delante de todo estuviera el lenguaje. Y a partir de ahí crear. De hecho en mi experiencia en la dirección de actores, siempre ha sido una configuración de adaptar esos lenguajes escritos y hacerlos explotar. Por lo general antes de empezar a ensayar hago una especie de perorata donde hablo con los actores y les digo lo importante de generar un lenguaje nuevo que esté por fuera de las reglas y los parámetros de la normalidad. Porque la realidad la definen los medios de comunicación y la política. Yo no me ocupo de eso.

-¿En esta suerte de competencia con respecto a las series y la televisión, como se ubica el teatro?

-Creo que en un momento el cine vino a demostrarnos que es mucho más eficaz por sus posibilidades técnicas para contar historias y las series vienen a ocupar ese lugar de las grandes novelas como La guerra y la paz. Para mí las series tienen esa función: ser el vector de la educación sentimental de la gente. Hoy todo el mundo ve series. Además hay mucho dinero atrás para contar con eficacia. Y ahí claramente surge la necesidad de otra trama y de contar las cosas de otra manera. En el teatro que hago y hacen mis amigos, tiene que pensarse mucho y resignificar todo, porque los recursos son mínimos. Yo quiero hacer una obra sobre metaleros de provincia de Buenos Aires y que reciben una llamada una noche de UNA VOZ y ya pensar en las motos es pensar en una superproducción. Entonces ya sé que la moto va terminar siendo un palo. Por eso el teatro de hoy es la resignificación permanente de las cosas.

-Recuerdo que David Byrne decía que su música y de toda la escena post punk y new wave en Nueva York había nacido a partir del contexto y los espacios que tenían.

-Es así te define el contexto y a veces también es una pena que sea así porque es raro que un director joven aprenda a dirigir en espacios grandes. Si te toca por mérito hacerlo es muy difícil. Yo lo veo mucho en colegas que llegan a una sala como la Sarmiento y hay algo de eso que se  les complica. En términos de banda pasa eso. Una cosa es tocar en lugares pequeños o en grandes estadios.

-Esta idea que tenés de tu teatro se parece más al espíritu de un concierto en vivo

Si, eh, en principio a mi me interesa que la gente que no va al teatro vaya a ver la obra y que pueda estar ahí y conectar con eso, más allá de todos los prejuicios que tiene. Porque cuando hablo con gente amiga que no va al teatro la idea de pensar en ir al teatro es un espanto. Me interesa generar unos lenguajes que tengan un soporte, una eficacia, una gracia, que puedan captar la mirada del que no va al teatro. El público habitual del teatro tiene una mirada muy buena pero también muy viciada. Lo que me interesan son aquellos relatos que dan cuenta de su revés de la trama como por ejemplo los cuentos de Borges, que no empiezan y terminan, sino que son como fragmentos de algo, como ficciones razonadas. No da cuenta de una construcción lineal, que a mi es lo que menos me interesa. Y es lo que menos me interesa en todo, en el cine y en la música. Soy fanático del post punk y el new wave, que son los géneros que más escucho desde que tengo 15 años y entonces me interesan muchas cosas que pasan en la música y que no pasan en el teatro, donde la mirada es muy endogámica. Me gustan mas esos fenómenos que se pueden generar como lo que pasó con el rock de garage, donde había un montón de pibes que querían tocar como los Stones pero no tenían para comprar instrumentos y así surgió ese sonido garagero con unas bandas del recarajo. Me interesan esas genealogías que también se pueden marcar dentro del teatro.

¿Y a vos quién te marco teatralmente?

Mi maestro es Alejandro Tantanián. El hace un teatro que quizás tenga poco que ver con el mío, pero yo estoy seguro que todo lo que hago está relacionado a lo que él hace. Eso tiene que ver con todas las impresiones que él me dejó, con las formas de pensar la escena, el espectáculo y la política en el teatro. Todo lo que produce y lleva adelante lo veo en mis obras. Pero seguramente si comparas sus obras y las mías, nada que ver. Pero para mí es muy claro que es así.

A Tantanián lo conoció estudiando en la EMAD. Obras como Los Mansos, una de las mejores obras que vio en su vida reconoce, le dejaron una impresión en su forma de pensar la escritura teatral. “Tantanián hace muchas cosas que me encantan pero su periódo de escritura y dirección es insuperable. Es una persona extremadamente inteligente y hace algo increíble. El tiene obsesiones. En un momento eran los autores alemanes y como no tenía con quien compartir eso, el tipo se inventa una obra como Un cuento alemán, donde trae al público ese mundo”.

El dramaturgo y director, lo llevó a trabajar a su lado cuando tenía 26 años como asistente en producciones del teatro comercial. También lo sumó como libretista en una experiencia en el CETC del Teatro Colón. “Lo que hizo fue apostar por mí cuando yo no era nadie ni tenía nada. Se la re jugo por mí, así que lo quiero mucho. Y es lindo saber que uno tiene un maestro. En esta es una época tan éfimera de mil cursos, yo sé que él es mi maestro. Es un maestro inteligente que no baja una línea estética. No es que forma gente que hace obras de cuentos alemanes. El tipo trabaja con lo que cada uno lleva a clase”.    

-¿Qué te metió en el mundo del teatro?

-Hice actuación cuando era muy chico, a los 12 años. Antes de empezar a escribir hice un par de obras como actor, pero el mundo de la actuación es muy ingrato. Incluso cuando sos un actor consagrado tenés que trabajar de algo que no te gusta. Yo por ahora no es que puedo invitarte el café pero hago lo mío. Escribo mis obras y eso es importante. Muchas veces como el teatro es espectáculo los actores pierden consciencia que lo que hacen es arte. Y entonces empiezan a generar máquinas de chorizo de lo que sea. Pierden el interés en experimentar o hacer algo que los interpela. De repente ya es levantarte a las 6 de la mañana para ir a filmar un comercial de Bayer. Yo no creo, esto es un prejuicio mío, que haya gente que sea feliz haciendo eso. La publicidad te deja guita pero es ponerle el cuerpo a cosas que no están buenas como ponerle el cuerpo a los castings. Como autor y director siento que estoy más resguardado en mi atelier. Puedo trabajar desde mi lugar. Igual hay montón de actores y actrices que se generan sus propios espacios de actuación. Por qué hoy es así. Buenos Aires tiene eso que es maravilloso. Y además Buenos Aires tiene una escuela muy fuerte ligada al actor como creador, cosa que no pasa en otras partes del mundo. La escuela de Bartolo (Ricardo Bartis) generó esa idea que el actor es capaz de generar sus ficciones y esa idea es buenísima ya que el actor puede hacer sin esa necesidad de esperar a ser llamado por nadie.   

¿En las escénicas que está buscando tu generación?

-Hay como lenguajes muy variados. Hay sí influencias muy directas entre “tíos” y “sobrinos”. Yo no puedo pensar mi teatro sin el teatro de Maruja Bustamante. Antes de empezar a escribir mis obras vi “Adela” y “Paraná porá”. Para mí ella es como una sacerdotisa de la imaginación. Es una persona con una cabeza muy abierta para pensar el teatro y generar pensamientos mágicos y lenguajes. No la puedo poner como una maestra porque tiene algunos años más que yo, entonces es una especie de tía  que tiene una influencia grande sobre mí. Creo que no hay cosas que homologuen las búsquedas, porque hay mucho y muy bueno. Me gusta mucho lo que hace Ariel Farace, lo que hace Mariano Tenconi Blanco, o la dupla Gobernoni- Feldman y  entre ellos es difícil encontrar similitudes. O Rafael Spregelburd, que es de otra categoría y para mí es un genio. No te sabría decir si hay algo en común en esta generación. Lo que si pasa es que el lenguaje tiene mucha entidad, más allá del concepto de obra y espectáculo. Acá hay tan buen teatro que pasa algo muy extraño, que no pasa en Latinoamericana. En Chile, por ejemplo, hay mucha influencia del teatro europeo que va a los festivales. Y acá pasa algo que la influencia está pero hay tanto teatro que sin mirar afuera hay vanguardia, obras que retroceden y avanzan, obras que rompen con el cascarón, obras que son distinguibles, otras que son una masa; y se producen movimientos dentro del propio teatro argentino que de repente la propia tradición se ve traicionada por un espectáculo nuevo que aparece.

-¿Dentro de la escena te interesa romper con la tradición?

-Me interesa estar en guerra con lo conocido y trabajar lenguajes que no tienen la normalidad como parámetro.

 

Gabriel Plaza

Las impresiones de Bartolone

Bienal: Yo entré con un poco de prejuicio y tuve que hacer un trabajo de mí parte para anotarme y la verdad que las condiciones de trabajo fueron espectaculares.Así que fue muy placentero porque se trabajó muy bien y la verdad que no es algo que pase mucho. Había buena onda y se trabajaba bien. Además me reencontré con Martín Bernstein un amigo que no veía mucho tiempo y que nos reencontramos el día de la premiación en la Bienal.  Y después había mucha gente que conozco y me gusta lo que hace como Cotelito y Martín Berni.

Amigo piedra: Tengo amigos de varios palos. No estoy vinculado a tantos círculos pero tengo un amigo del palo de la música contemporánea como Diego Taranto; tengo otro amigo que es Gabriel Rudd que hace esculturas en 3D; y conozco a varios chicos de las artes visuales como Alejo Ponce de León, que es muy bueno.

Circuitos: Me gusta mucho ir a ver bandas de acá como Mujercitas Terror, Foto, Travesti (ya no está más), Dios, los 107 faunos que voy a verlos siempre y hace mucho seguía a El Mató un policía motorizado. También curto el Festipulenta y el Matienzo. Pero ahora no salgo tanto. Me quedó más en casa viendo películas con mi novia.

Teatro y rock: A mí me gusta pensar que mi teatro puede ser como una banda que me gusta mucho llamada Los Psiquícos Litoraleños (grupo psicodélico y experimental de Curuzú Cuatiá, Corrientes). Forzando todo pienso que mi teatro sería como Los Psiquicos Litoraleños si fuese música. Es una especie de capricho estético que llevo adelante. Me encanta lo que hacen ellos, aunque todavía no lo sepan.

 

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