Baño de damas, de Natalia Rozenblum

1.

Ana Inés despegó la malla a la altura del pecho y esperó a que se llenara de agua. El agua le endureció los pezones y se metió en el entramado de la tela. Sacó las tetas por el escote para poder pesarlas con las manos. Le pareció que estaban más livianas, tal vez había adelgazado un poco. Eran grandes y tenían forma de gota. Sin apoyarse en las paredes, bajó los breteles y deslizó la malla hasta dejarla caer en el suelo. Se felicitó porque todavía lograba mantener el equilibrio. Recién cuando se agachó para agarrarla, sintió que no iba a ser tan fácil volver a pararse, pero estaba sola y no tenía que disimular. Siempre salía quince minutos antes de la clase de aquagym para tener las duchas libres. Agarró el jabón y se levantó el rollo de la panza, limpió bien los pliegues y después se pasó la esponja por los brazos. Los husmeó: podía oler todo el cloro de los años que llevaba en la pileta. Eran capas y capas que se habían transformado en piel. Escuchó ruidos en el vestuario, si no quería cruzarse con las demás tenía que terminar rápido. Una nena le corrió la cortina. Estaba vestida con un conjunto de jogging; tenía puesta una gorra y unas antiparras oficiando de máscara. Las dos quedaron enfrentadas, en silencio. Ana Inés se tapó con una mano y con la otra le hizo el gesto de espantar una mosca. La nena agarró la malla y salió corriendo. Ana Inés sonrió como si hubiese sido ella quien hiciera la travesura. Era la primera vez que le llevaban algo. Se había enterado de esa nueva modalidad delictiva en el club desde hacía algunos meses. Todo aparecía por arte de magia un día más tarde en la jaula de las cosas perdidas.

Cerró la canilla y buscó el toallón en su bolso. Se envolvió como pudo; ató las puntas del toallón debajo de una axila, mientras el resto de la tela se abría dejando ver parte de su cuerpo. Caminó despacio, cuidando de no resbalarse.

El salón de los casilleros estaba vacío. Entrecerró los ojos para mirar el reloj de pared, y buscó la ropa que había preparado la noche anterior: la bombacha, el corpiño, un pantalón negro y una remera rosa. Debajo descubrió un tupper que le había escondido la hija. ¿Por qué se seguía metiendo en sus cosas? Igual lo abrió. Era torta de manzana, su preferida. Cortó un pedacito y acomodó las porciones para que no se notara que había comido. Algunas chicas de la clase subieron desde la pileta y fueron hacia las duchas. Ana Inés se sacudió y empezó a vestirse. Reconoció las voces de Beta y de Silvita que se acercaban. Tragó lo último que tenía en la boca, se pasó la lengua por los dientes y escarbó al fondo para sacar los restos. Le encantaba cuando toda la masa estaba blanda, parecida a las galletitas mojadas en el té. Poco a poco todo se llenó de un vapor pegajoso.

–¿Qué estás comiendo? –le preguntó Silvita mientras se desnudaba. Era flaca, alargada, y todos le decían que tenía sesenta;, más, imposible. Pero tenía setenta y cinco, la misma edad que Ana Inés, sus mamás se habían embarazado juntas y se criaron como primas.

–Nada –respondió Ana Inés envidiando la comodidad con la que se movía. Le miró las piernas, tenía más piel que carne, una funda con poco relleno. Subió al ombligo pispeando el cavado lleno de pelos que Silvita no se había depilado nunca, porque decía que a las rubias ni se les notaban. Pasó por la teta cortada y por la otra. Solo después de todo ese recorrido llegó a los ojos.

–Vamos, que nos conocemos.

–Estás comiendo torta de manzana –dijo Beta–. La puedo oler. –Se quedó en ropa interior.

Tenía el cuerpo marcado por curvas que parecían sonrisas: las rodillas, la panza y las tetas. Era un cuerpo contento, sin cicatrices visibles. El pelo rojo le rozaba los hombros y le tapaba las orejas. Estaba seco porque decía que le hacía mal a los oídos meter la cabeza debajo del agua, pero se sabía que era por el audífono. Aunque se le pudiera arruinar, no se lo sacaba ni para bajar a la pileta.

Ana Inés buscó el tupper y les ofreció.

–Esto es obra de tu hija –dijo Silvita y cortó un borde.

–Sí.

–¿Sigue quedándose con vos?

–¿Qué? –Ana Inés se quiso hacer la distraída.

Silvita la había visitado dos veces sin previo aviso, y en ambas ocasiones la que abrió la puerta fue la hija de Ana Inés, como si nunca se hubiera ido de ahí.

–¿Pero cuántos años tiene ya? –interrumpió Beta.

–Cuarenta y monedas.

En realidad la hija tenía casi cincuenta y hacía varias semanas que se aparecía en la casa de Ana Inés con cualquier excusa: que le habían cortado el gas, que tenía humedad en las paredes, que los vecinos se peleaban mucho. Después se quedaba unas horas diciendo que podía ayudarla. La torta era parte de las cosas que se correspondían con esa generosidad. La noche anterior preparó la cena, el postre, y se durmió en el sillón mirando una serie. Por eso Ana Inés había empezado a reorganizar sus horarios, y a hacer más cosas afuera de la casa.

–Está un poco blanda, pero rica de sabor –dijo Beta–. Yo le pongo más manteca para hacer el crocante.

Ana Inés agradeció que hubiera cambiado de tema, pero al mismo tiempo le molestó que Beta no se preocupara por sus problemas familiares.

–¿Vamos a bañarnos? –Silvita le dio un beso a Ana Inés y empezó a caminar; Beta la siguió–. Nos vemos abajo.

La puerta de entrada hizo un chirrido; eran las del equipo de natación que venían a entrenar. Ana Inés agarró el secador para disimular y empezó a secarse las puntas del pelo. Lo que quería era verlas uniformarse: la malla, el rodete, la gorra, las antiparras colgando sobre el pecho donde ella ahora llevaba los anteojos. Pero antes de eso, desvestirse y moverse desnudas y firmes. Tenían espaldas anchas, y brazos y piernas musculosos como Ana Inés había tenido antes de parir. Solo una chica era más gordita y un poco floja, se le notaba en la panza que, según se decía, era el centro de toda la fuerza. Así era poco probable que hiciera una buena marca. Tal vez un día podía jugarle una carrera, es decir, nadar a la par suyo en otro andarivel, sin que se diera cuenta, y ver quién de las dos terminaba más rápido. Lo iba a probar y si resultaba bien entonces haría una apuesta encubierta para sacar unos pesitos. La distracción con estos pensamientos hizo que la parte de atrás del secador le chupara algunos pelos. Tironeó y sintió cómo se le tensaban desde el cuero cabelludo.

–¿Está bien, abuela? –Una de las chicas intentaba ayudarla.

La pregunta la desorientó. Nunca nadie le había dicho así, y de pronto se le vino la imagen de su abuela: usaba un delantal del que sacaba cosas como si fuese un canguro, y todos los nietos estaban atentos a ver si recibían un regalo. Al final de sus días se había encorvado tanto que tenía la altura del horno. Hasta su muerte había soñado con ganarse la lotería y mantener a la familia, pero lo poco que había tenido lo había gastado en los cartones. Ana Inés heredó parte de esta esperanza: hacerse millonaria a costa de juegos. Sus amigas ya no querían jugar con ella, era capaz de obligarlas a pasar horas con tal de que terminaran un partido.

Salió al hall, afuera había una especie de correntada y como todavía tenía el cuerpo algo húmedo le dio un escalofrío. Bajó al restaurante; el lugar estaba lleno, las voces se pisaban unas con otras. Uno de los mozos se acercó y la saludó.

–¿Lo de siempre?

–Sí.

–¿Ya se lo marcho?

–No, en un ratito. Traeme un agua, por favor.

–¿Cuántas más van a ser?

–Tres. No, dos más, perdón –se corrigió. Estela seguía de viaje.

Ana Inés abrió las piernas y dejó caer las manos hacia el suelo. Estaba cansada. Había corrido con el agua a la altura del pecho, levantado las rodillas lo más alto que podía y acompañado la carrera con los brazos durante un minuto. Algunas lo habían hecho con tobilleras, ¡ella ni loca! La profesora las había motivado, cada una corre hacia su zanahoria, había dicho, y todas se rieron. En ese momento la mente de Ana Inés se puso en blanco pero enseguida tuvo la primera fantasía: era un hombre flaco, con mucho pelo; podía verlo de espaldas, acostado en una cama matrimonial. Caminaba hacia él y le tocaba varias veces el hombro. El que se daba vuelta era Jorge el día de su muerte: los labios finitos como dos rollitos de plastilina, la cara sobre la almohada, el cuerpo aplastado por el de ella. Fue ver a un fantasma. En los últimos años había pensado muy poco en él. La imagen se desparramó por su cuerpo igual que un remedio que se inyecta. Intentó dejar de verlo, sacudió su cabeza como si con esa acción pudiera actualizar el deseo, decirle: no, vos no tenés lugar acá, correte y dejá pasar al que sigue. Fue difícil coordinar eso con las rodillas que intentaban subir al pecho. Ahora, en el restaurante, tenía las piernas entumecidas. Se sacó las zapatillas, las medias de nylon, y se masajeó las piernas hasta que sintió que se le aflojaban. El mozo volvió con una botella, una panera y un tarrito de queso. Ana Inés se calzó y tocó los pancitos para ver cuán frescos estaban. Eligió una tostada y la untó. Silvita caminaba entre las mesas, le hizo una seña para ubicarla. Silvita olía a crema de limón. Ana Inés lamentó haberse olvidado de ponerse su aceite. Beta llegó un rato más tarde y se sentó frente a ellas dos.

–¿Qué pasó que tardaste tanto? –La voz de Ana Inés se puso gruesa para tapar el gruñido de su estómago.

–Me crucé con el presi.

–Vos no estarás rondándole a Antonio, ¿no? –preguntó Silvita. Ana Inés bajó la mirada. Escuchar ese nombre se parecía a la reacción del cuerpo cuando se mojaba con la primera gota de agua fría.

–Yo solo tengo manos para mi novio –respondió Beta acariciando sus pulseras como si fueran el lomo de un gato.

–¿Entonces?

–Me pidió que ayude con algo para la fiesta aniversario del club.

–¿A vos sola? –preguntó Ana Inés.

–Si querés hacerlo por mí, bienvenida.

Sonó un celular. Beta y Ana Inés empezaron a buscar entre sus cosas y atendieron al mismo tiempo.

–Hola.

–¿Hola?

–¿Qué pasó?

–¿Hola?

Era la hija de Ana Inés para saber si le había gustado la sorpresa.

Tags

  • Literatura
  • Natalia Rozenblum
  • Mención especial