Suárez en Kosovo, de Eric Barenboim

Se acercaron despacio, y el bullicio comenzó a oírse. Junior explicó que el bazar era parecido a muchos otros de los balcanes, un conjunto de calles donde los vendedores independientes podían intercambiar mercadería sin controles rigurosos, aunque la policía estaba al tanto de todas las actividades. No era un lugar peligroso, pero sí algo grande, por lo que Suárez debía mantenerse cerca de él.

Llegaron desde la distancia melodías indiscernibles, entremezcladas. Provenían de altoparlantes diversos, distribuidos por las arterias comerciales en las que torrentes de compradores se confundían. Cerca de los primeros puestitos Suárez pudo escuchar con más precisión. La voz de un hombre estiraba notas largas, las hacía vibrar, acompañado por suave percusión. Le recordó al sonido del agua, y pronto se sintió ingresando en un trance hipnótico.

Aún no habían entrado de lleno en los pasajes empedrados del bazar y Junior ya saludaba a dos prístinos mayores con sendos qeleshes a la sombra del toldo ante su puesto de chucherías. Suárez tuvo la intuición de que todos los mercados del mundo eran iguales. Vio las pavas eléctricas, los cargadores de celular, los juegos de cuchillos, los relojes, las réplicas de la Torre Eiffel, la camiseta de Messi, la otra camiseta de Messi, y se vio a sí mismo dos años atrás, en Londres, más precisamente en Camden Town, comprando una camiseta trucha del Liverpool F.C. con el “7” en la espalda bajo el nombre “Suárez”, para hacerle un chiste a su amigo. En el puesto de al lado una señora vendía vajilla, collares, ruanas, sombreros, le pareció ver un poncho, Junior lo tomó de la mano para internarse en los callejones de puestitos, tiendas y quioscos, bajo techos improvisados, y al extenso vibrato se sumó un instrumento de mil cuerdas deslizándose, y en el agudo rasgueo Suárez sintió un charango, pensó en el micro que se frenó en ese pueblo volviendo del Valle Sagrado esa vez que jugó a ser mochilero por Latinoamérica, cuando todavía tenía esperanza en un futuro de lucha y la vena le vibraba como esa voz flotante que ahora lo mecía en el bazar, se sintió perseguido, la multitud hormigueaba a su alrededor, se vio comprando una especie de Mantecol balcánico que Junior le dijo que era típico y él sabía que era medio-oriental, y se le ocurrió que tal vez el Oriente es solo sinónimo de exotismo idílico, Uruguay para Argentina, Turquía para Europa, Japón para el planeta entero, pensó en lo vacío del termo en la mochila y lo bien que hubiera ido un mate con el Mantecol, alguien seguía sus pasos, atravesó un sector con gallinas enjauladas y cabritos, se vio en otro puesto contemplando frutas y verduras que no conocía, “¿Cómo se dirá zapallo en albanés? ¿Cuántos tipos de ají crecen en el desierto?”, pero no estaba en el desierto sino en los balcanes, Junior no paraba de hablar con entusiasmo y a todo volumen, más que el necesario aunque igual era inaudible, alguien desde algún lugar lo encuadraba, y más allá un puesto de championes, pensó que en Liniers vendían más tipos de papa, incluso una violeta, pero los mismos modelos de calzado, y que en Once sabía que se conseguía todo tipo de choclo, las mismas réplicas de Nike, y de golpe se vio en siete reflejos distintos ante un local de cristales y arañas para el techo, el destello de un flash, y en ese momento daba el último bocado al Mantecol, por el rabillo del ojo sintió que alguien gatillaba de nuevo, un pelado con una cámara, buscó a Junior entre la gente y ya no estaba, no al lado por lo menos, se probaba más allá unos Ray-Ban imitación, unos Armani imitación, unos GQ imitación, y vio al fotógrafo correr entre tostadoras, papel para envolver, y postales, quiso perseguirlo pero supo que si lo corría se perdería otra vez, miró de vuelta a Junior, pensó en un gato silvestre rugiendo, en la palabra “sestercios”, en el Espíritu ambiguo de la Disonancia, miró hacia el fotógrafo y captó el instante justo en que el diafragma se abrió, se cerró, y lo inmortalizó de turista incógnito en el bazar de Pristina.

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