Sobre el puente de Avignon

En abril, la Bienal Arte Joven abrió una convocatoria en conjunto con el Festival de Avignon y ProHelvetia en donde participaron directores escénicos y coreógrafos, para participar de un Seminario junto a 12 jóvenes de artes escénicas de diferentes partes del mundo. 

Los seleccionados fueron Amparo González Solá y Ariel Gurevich
La Bienal les pidió a ambos que contaran su experiencia en una crónica del viaje que realizaron a Francia en julio de 2015. 

Amparo se llenó de preguntas y reflexiones que compartió con la Comunidad de Bienal.

"Avignon, ciudad empapelada y calurosa, medieval y juvenil, solemne y desfachatada; todo junto, todo al mismo tiempo.
El Rey Lear y Largas piernas belgas conviviendo durante unas semanas en las calles de esta pequeña villa al sur de Francia. El palacio papal y un garaje de 5x6 convertidos en albergue ocasional para cada obra y su público, ambos deseosos del encuentro. Festival In y Off, y un total de casi 1500 obras por día, una locura.

Llegar a Avignon fue:
Subir a 40 grados la sensación térmica, pasar del estado delirante del décallage horaire de los primeros días, al estado delirante producto del ritmo del festival, de todo el resto.  Fue también el encuentro con los otros 12 participantes – coreógrafos, directores y dramaturgos - provenientes de diferentes ciudades del mundo, que se convertirían en grandes compañeros. Las presentaciones en ruso-italiano, francés-checo, español-inglés. La experiencia emocionante de la convivencia y un ritmo casi imposible, que finalmente comprendí indispensable para eso que finalmente ocurría: la construcción de un espacio posible de pensamiento, en continuo movimiento: yendo y viniendo, y explotando en todas direcciones.
¿Qué miramos cuando asistimos una obra? ¿Cómo se construye esa mirada? ¿Qué nombramos? ¿Qué palabras utilizamos? ¿Qué implicancias políticas e ideológicas tienen esas palabras?
Pensar el modo de pensar. Jamás caer en la dictadura dicotómica del me gusta, no me gusta (casi muletilla de nuestros tiempos).
Corrernos de la supremacía de un ego que conoce sometiendo.
Intentar mirar, no buscando encontrar lo que esperamos, lo que nos gustaría encontrar, si no abriéndonos a la especificidad de cada propuesta.
Construir otro modo de posicionarnos frente al otro, por definición siempre inalcanzable.
Contextualizar la producción, ver en perspectiva el teatro en el que nos inscribimos.
Mover el punto de observación, deconstruir algunos supuestos, poner en crisis algunas categorías, cuestionar el lenguaje para dejar que aparezcan otras cosas...

Todo eso fue Avignon...todo menos ir al puente".

 

Para leer la experiencia de Ariel Gurevich, podés continuar por acá

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