“Las canciones son mis amuletos”

La primera vez que vino a Buenos Aires, Paula Neder tenía diez años y quedó maravillada con las luces de neón y los carteles anunciando los recitales de la época. No imaginaba con el tiempo, que ella estaría alguna vez en una cartelera, rodeada de esas luces de neón. Es más, todavía le parece raro, casi un sueño de otro, haber ganado la Bienal de Arte Joven en el rubro música, estar grabando un disco de canciones con el productor Luis Gurevich (León Gieco) y tener de invitada a una artista como Liliana Herrero. Ni siquiera se le nota el cansancio por los viajes de Mendoza a Buenos Aires que hizo en las últimas semanas: primero para grabar, después para sacar las fotos para el disco y por último para filmar el video clip. “Todo lo de la Bienal fue tan rápido y sorpresivo para mí. Ganar era estar seleccionada y que haya salido esto, sumado a otras cosas que venía gestando, fue muy fuerte. Presentación de disco en Junio, formar parte del colectivo Solistas no tan solas, las clases de canto, es como que se me juntó todo. De golpe estalló. Y terminé con todo eso en simultáneo. Desde setiembre para acá que no paro. Nuevo disco. Nuevo todo. Nueva yo”, dice, con cierta adrenalina, la cantautora mendocina.

Paula está acostumbrada a viajar desde niña. Sus padres se habían separado y su papá farmaceútico, eligió su vida lejos de Mendoza. Lo que podría haber sido un trauma para una chica de su edad se transformó en una fortaleza. Fue criada en una casa de mujeres con personalidad: madre, tía y abuela. “Son mujeres de hierro”, dice. Los viajes a la ciudad de los neones para visitar a su padre, se transformaron en una aventura, un escape a la vida tranquila (demasiada por momentos) de la rutina mendocina. “Mi viejo a pesar de la distancia fue mi formador más claro a nivel musical. Me ha llevado a cuanto recital y obra de teatro había. A nivel cultural fue mi nutriente. Ibamos juntos al teatro y a ver conciertos de Charly y Fito. Me hizo escuchar Spinetta y otras cosas del rock nacional. Esa fue una gran influencia para mí”, recuerda  la artista, que sorprendió al jurado de la Bienal con su mezcla folklórica y su actitud rock.

En cambio, la vida en su cuadra de la infancia, recuerda ahora, se trataba de vender caramelos en el kiosco de su madre y de aprender danza jazz. “Yo quería bailar danza jazz pero en el Teatro Colón. Siempre fui así. Me gustan los imposibles. Me gusta que el triángulo entre en el cuadrado”, dice y se ríe de la ocurrencia, como pegando saltitos con el cuerpo. La música llegaría con el tiempo. Primero estudiaría danza, teatro, después se volcaría por la abogacía y por el diseño gráfico e industrial. A los 18 años, ahora tiene 32, la música golpeó definitivamente en sus entrañas. Una amiga música, sabía que Paula componía canciones en su habitación con los acordes que había aprendido en la iglesia. La invito a participar de un taller de canto con Javier Segura. Todo cambió. “A los 18 años salió la primer canción por un desamor que tuve. La hice con los primeros acordes que aprendí en la iglesia. Eran canciones que caían en lugares tremendamente comunes, ñoños. Mi familia y amigos me decían que se los dé a otros, porque a mí no me salía la voz. De los 18 a 21 estuve en eso. Hasta que una amiga cantante me mando a lo de Javi Segura. Llegué con una carpeta llena de canciones y el loco me dijo: “vos sos música, no sé si vas a hacer diseñadora, abogada, pero vos viniste a este mundo para hacer música. Salí de esa clase como diciendo: ¿Y ahora qué hago? ¿Qué les digo a mi papa y mi mamá?. Me van a matar, pensé. Ya iba por la segunda carrera. Iba a ser muy fuerte para mi familia. Siempre fui abanderada, una alumna media revolucionaria, pero las notas eran buenas. Era como que tenía que terminar una carrera”.

Para Paula fue hacer consciente lo inconsciente. Fue un despertar musical. Siguió unos años su carrera de diseño y a la par se anotó en la Licenciatura de Música Popular de la Universidad de Cuyo. Al tiempo dejó diseño y su vida se volcó a la música que le salía en su cuarto. A los meses ya tenía un dúo de indie pop llamado Te traigo flores. Luego su paso por el colectivo de artistas, donde estaba Leandro Lacerna, llamado 44rpm, terminó de afirmarla en su camino. “Era un colectivo de solistas, donde la idea era reivindicar el valor de la canción. Ahora está más de moda. Hace diez años no, pero en Mendoza ya estaban pasando cosas. Para mi nuevo disco me reencontré con Leandro Lacerna. Fue como dar un salto hacia el pasado y traerme un poco de ese rock y  ese pop con el que empecé a cantar”.

Su  primer influencia fue el rock nacional de Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta. El folklore recién apareció cuando ingresó en la facultad  de música. “Ahí fue mi contacto directo con las músicas y las voces de la tierra. Lo descubrí de grande, aunque de chica siempre fui a festivales con mi vieja. La Vendimia es una fija, desde que tengo memoria. Pero nunca me imaginé haciendo estas músicas. Mi vieja era más del plan Serrat y José Luis Perales”. Hubo otro paso casi fundacional, en lo que sería su conformación artística definitiva, entre la que había sido y la que sería en el futuro cercano. Hace siete años empezó a dar clases en una escuela de campo en el desierto de Lavalle. “De mi casa a la escuela son tres horas de viaje. Tenés que entrar en camioneta por una huella sinuosa. Recién ahí, llegás a la escuela que está rodeada de arena, muchísima arena, algarrobo, piquillín y chañar. Ese el famoso desierto de Lavalle que es increíble. A ellos no les gusta que le digan desierto porque hay vegetación. Ellos le llaman secano. Esa experiencia me hizo enraizarme mucho más con mi música.  De ahí salieron muchísimas canciones como “De sal y de luz”, esas coplitas dedicadas a los niños del desierto. Yo siento que vengo de ahí, de la arena. Mis antepasados son del Líbano. Así que volver a Lavalle fue reencontrarme con una parte mía que estaba en mí y no sabía”.

Esa vida entre la ciudad y el desierto cuyano le dieron  vida a las canciones de  Caleidoscopio, un bello disco indie, con una apuesta gráfica y artesanal, que asombró a la crítica especializada y fue elegido mejor álbum de 2015 por La Nación. Allí hay canciones de raíz con fuerza rock, hay melodías pop, hay tierra y asfalto. Hay folklore y hay indie. Por momentos, parece una Janis Joplin cantando vidalas. El disco abre con un tema simbólico llamado “Todo o soy reina” donde canta: “Soy Alanis Morissette, soy un león, salto en largo pienso bien y tejo en el balcón”.

-¿Por qué Alanis Morissette?

-No es porque quedaba bonito sino que la escuchaba un montón. Cantaba sus canciones además de las mías cuando recién empezaba. Me parecía una revolucionaria como cantautora porque es difícil meter ese contenido y hacer que sea radial, masivo, popular. Estaba diciendo cosas pesaditas, con una trama y me parecía increíble que ese mensaje entrara por todos lados. Alanis es eso, la posibilidad que el mensaje llegue a todos lados.

-¿Y qué es la cuyanía para los mendocinos?

- Tengo un par de visiones sobre la cuyanía. Una tiene que ver con los que hicieron las primeras canciones como Hilario Cuadros, Félix Dardo Palorma y la gente del Nuevo Cancionero, que retratan una forma muy de allá de decir las cosas. Ellos son la raíz, donde vuelvo a buscar, siempre. Cuando lo descubrí me enamoré de eso. Hoy escucho cantar a gente de mi generación como María Eugenia Fernández y se me pone la piel de gallina. Admiro esa tierra, eso autóctono que vive en ellos como cuando lo escucho al Seba Garay cantar la tonada porque que se crió con eso; o a la Anabel Molina cantando una cueca o un gato. Me encanta escucharlo en otros. Lo disfruto un montón. Por otro lado sé que no lo tengo. No nací entre viñas. En mi casa no se bailaba cuecas. Nací en la calle Godoy Cruz, entre Patricias y Mitre. Mi infancia y crianza tuvo que ver con otras cosas, no con la tradición musical mendocina. Por suerte, aparecieron  mis referentes más cercanos que me dan fe que se puede andar en la frontera, entre el folklore y el rock, que son los Orozco-Barrientos. Para mí, ellos son el vivo ejemplo de que se pueden hacer canciones aquí y ahora. Qué esas canciones pueden trascender y hablar de vos y tu lugar, y además te las podés llevar a donde vayas. Para mí, las canciones son como amuletos. Las canto porque me salvan. Nadie las necesita. Solo yo.

 

El caleidoscopio de Paula Neder

 Estación Buenos Aires. Siempre recuerdo las primeras llegadas en el bondi  y todos los carteles de las calles. No podés creer que pasen tantas cosas. Acá es la fascinación por todo. Me encanta caminar. Disfruto de ir por la calle mirando la gente. Es como si todo el tiempo pasara algo. Es loco eso y no deja de sorprenderme. Mendoza es súper tranquilo. Es un oasis de paz, tranquilidad, tenemos nuestro tiempo, vamos lento, es otra velocidad.

 Conectando. El ámbito musical es la materia prima donde estoy siempre, pero con el tiempo fui conociendo otra gente. Hace poco asistí al taller de teatro que dio César Brie en la Bienal. En una época estudié teatro y mi maestra de Mendoza hablaba mucho tiempo de César Brie y de Eugenio Barba. Cuando me enteré que daba los cursos me vine. Ahí conocí un montón de gente teatrera y bailarines, tienen una visión del mundo y el arte que me encanta. También ahora estoy en contacto con gente que hace audiovisuales en Mendoza como Pablo Montón, Valentina Cerrone y Sulia Leiton un joven crack de allá. Son gente de mi generación con la que nos vamos conectando y que nos une el desparpajo por hacer. De a poco se van borrando los prejuicios de géneros y estilos. Empezás a ver gente que hace. Eso me va uniendo a otros, no importa que disciplina hagan. El que hace me llama la atención. El concepto es vital en el arte. Pero la idea sin acción es un sueño.

Otra canción. En la Bienal escuché cosas que me encantaron y encima había gente que admiraba de antes. El caso de María Pien. Para mí, era como: “estoy en la Bienal y está María Pien, que es la reina del indie porteño. Guau!”. O Lautaro Feldman, un monstruo total. También hay mucha gente haciendo cosas en Mendoza. Levantás una piedra y aparece un guitarrero tremendo, un cantante tremendo y un compositor tremendo. Tenés a gente como Mariana Paraway que se abrió caminos desde allá, que para mí es un ejemplo. Nosotros con mi pareja Seba Garay que también es cantante y compositor, estamos todo el tiempo generando movidas, en lugares como el Teatro Independencia, en Le Parc, el  Retortuño que es como mi casa, es el lugar donde siempre quiero estar, donde la gente recibe las canciones con apertura y dónde estás muy cerquita de la gente; o La vereda alta,  otro lugar re lindo dónde pasas cosas y a dónde vuelvo seguido.

 

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