“No entiendo la vida sin humor”

Iair Said intenta meter la bicicleta dentro del pequeño habitáculo del ascensor de su departamento en Palermo. Lleva puesto un casco, que parece que le quedara chico y le sobresalen los rulos. Su gesto es serio y concentrado. Con una mano sostiene la bicicleta parada sobre una rueda. Con la otra sostiene una botella de agua. Una pequeña maniobra y con el dedo aprieta el botón del ascensor que se pone en movimiento. La situación podría formar parte de esas pequeñas escenas, que filma, actúa o participa en el teatro y la televisión, donde lo cotidiano deja de ser ordinario y se transforma en algo extraño, desencajado, o simplemente en un gag de una rutina en una comedia.

“Hay algo de eso extraño que me interesa. Hay algo de la imperfección que me seduce porque en todo lo otro no creo. No creo en lo perfecto, en lo cotidiano, en lo normal. No me parece real. Es como una construcción de lo que te quieren hacer creer, pero no me siento parte. No siento que encaje yo ni nadie. Pero todos hacemos de cuenta que sí, que encajamos. Hay algo de esa negación de seguir con la rutina normal como si todo fuera perfecto y en un momento me lo empecé a debatir. Nadie está encajado. Por eso todos mis personajes, con neurosis distintas, no están de la manera que creen que deberían estar. Creo que todos damos por hecho que lo cotidiano va hacia un lado, pero de repente cuando hay algo que desencaja no sabemos qué hacer. Pero en realidad todo desencaja, todo es extraño, todo es sorpresa en la vida. Como actor me gusta transitar esa zona”.

A Iair le gusta la extrañeza que provocan sus personajes. Le gusta la comedia. Le gusta romper con la solemnidad. A sus 27 años, se ríe de muchas cosas, sobre todo de aquellas que pueden resultar incómodas para el resto, los otros. “Si no les ves el humor a las cosas estás perdido. Si estás en un velorio y en un momento tenés hambre o hay olor a chivo, por más que estés en una situación dramática lo podés compartir con alguien y no te hace mala persona. Es gracioso que en un lugar cerrado, donde no se puede respirar haya olor a chivo. Las situaciones de humor aparecen por más que uno no quiera”.

Dice que a sus padres no les hizo mucha gracia que se dedicara a la actuación. Un psicólogo aconsejó a su papá abogado “un tipo culto” y una mamá docente de hebreo que lo manden a un taller de teatro. Tenía 13 años. “Siempre el deseo de la actuación lo habré tenido. Mi sensibilidad iba hacia un lado y la de mis compañeritos iba hacia otro. Yo no tenía la oferta en el colegio de hacer actuación, música o algo más artístico, en vez cosas tan pragmáticas como el fútbol o el deporte, que me afectaban. La otra alternativa fue el arte. Se ve que mi psicólogo vio que tenía que profundizar en eso y me mando a hacer teatro. Mis padres odiaron eso, pero lo tuvieron que aceptar. Ya en mi primera clase de teatro sentía que era Dios en un día. Dije: acá me valoran, me felicitan y en el fútbol siempre soy el último en ser elegido. La pasaba mal. Lo que le pasa a todos los del mundo de la actuación supongo. Ahí empecé con Carlos Rivas y Gabriela Toscano en el Abasto”.

¿Si tus padres no tenía mucha relación con lo artístico de donde sentís que surgió esa vocación por el teatro?

Las pocas veces que sí fui al teatro, dos o tres en mi infancia, las recuerdo patente. Como el nervio de estar ahí mirando una obra de teatro, que es el mismo nervio que tengo cuando voy a actuar. Como una emoción de ver algo ahí que está vivo, que está ocurriendo y que estoy creyendo. No hay juicios. Con el actor es creer, conmoverte, reírte y eso lo celebro. Que ocurra eso súper lúdico y cero solemne, me encanta. Para mí la solemnidad termina matando todo y a todos. En el arte la solemnidad es muy peligrosa.

El primer taller fue un viaje de ida. El tiempo lo derivó a la escuela de Norma Moseinco, siguiendo a otros de su generación, que se volvieron compañeros de rutina y actuación como Martín Piroyansky y Violeta Urtizberea. Allí empezó a encontrar su voz actoral. “Lo que tiene Norma es que no busca material afuera. Ella potencia lo que cada uno trae. La gente sale de ahí con una veta más humorística, pero también es lo que cada uno quiere probar”.

En paralelo, Iair, también se interesó por aprender a escribir guiones. En 2010, empezó a trabajar  profesionalmente. Su rostro se hizo conocido, primero en la escena del off en Timbre 4 y después en el San Martín actuando en Pangea de Ana Katz. Después en cortos de amigos como Tarde de Martín Garabal, series para internet como Círculo de citas (ganó la Bienal 2013 a mejor serie web) y Eléctrica de Esteban Menis; o participaciones en películas como Mi primera boda y Vino para robar de Ariel Winograd. También llegó a la pantalla abierta con el personaje de “Roly” en Guapas. Ese gesto impertérrito, sobrio, ese bigote que contrasta con su cara de niño grande y esa letanía narrativa casi adolescente- juvenil, fue su sello. “A la comedia cuando ya la encontraste, la encontraste. Yo sé que hago una cara en tal momento y garpa. Pero llega un momento que después de hacerla tres años me empieza aburrir. Está buenísimo que la gente te reconozca por eso, porque es una marca pero está bueno sorprender al público y sorprenderme a mí”.

Su personaje, el mismo de siempre pero distinto, porque soy yo, dirá, sale de lo común y enseguida se recorta en el paisaje de las escenas. Un enfermero que se encuentra con su ex y que le dice todo el tiempo a su perro “saludala a mamá”. Un hombre que recibe en un cumpleaños una pollera de regalo y que se pregunta el por qué de todas las cosas, como un niño. Un joven que es mordido por un perro y que se quiere levantar a una chica que fue arañada por un gato en el pasillo de un hospital. Un dj en una escandalosa. Un señor oso del bosque que dialoga con una mexicana. Un sobrino que quiere que quedarse con la herencia de su tía abuela que prefiere donar toda una institución. O hasta el amigo de un cantante de fiestas que hace temas de Sergio Denis en Santa Teresita.

“Yo como actor soy rebásico. Me gusta actuar. Siento que lo hago bien, tengo verdad, por lo menos eso me dicen. Pero no soy un gran investigador. No tuve la experiencia para atravesar esas cosas. Envidio a la gente que puede componer. Soy un actor más de intuición. Por eso muchas veces actúo igual, parece que estoy haciendo lo mismo, pero tienen verdad. Me creo los personajes. Cuando no me creo me doy cuenta. Siento que no busco cosas muy lejanas a mi personalidad”.

Sus personajes rozan la “imperfección” de “lo normal”. Lo cotidiano termina siendo un montaje extraño del actor, el director o el guionista. “Para mí, cuando ves alguien actuando que está desafectado por algo que para vos debería estar afectado para mí es algo hermoso. Una vez vi una película donde había una madre que había metido la cabeza en el horno y cuando el hijo baja a desayunar vio que la madre había muerto. Fue, desayunó, se bañó y después llamó a la ambulancia. En vez de escandalizarse, como la madre ya estaba muerta, tomó otra decisión y eso es lo sorprendente, cuando algo va por otro carril. Eso es lo lindo del arte, cuando te conmueve por lo novedoso, con pequeñas cosas que te descolocan un poco. A mí me gusta transmitir eso. Me gusta lo no esperado”. 

Su aparición hace que todo a su alrededor suene como fuera de lo común, como en las películas de Wes Anderson, aunque los personajes digan: “Hola que tal” o “Acá no se puede estar sentado en las escaleras”. Hay un tono Sair, sin sobresaltos y un gesto natural, creíble, que recuerda a los diálogos de los no-actores de la película Silvia Prieto de Martin Retjman. “Los tonos de la película me encantaron. Lo que pasa es que uno está acostumbrado a ver otro tipo de películas y de golpe ves como todos esos personajes están desafectados o afectados por cosas muy pequeñas como discutir quién duerme arriba y quien duerme abajo en una cama marinera. Siento que Martín la vio. Porque en la vida uno no está todo el tiempo declarándose el amor con otra persona o peleándose con la otra persona. En los pequeños conflictos hay una riqueza”.

Lo audiovisual en su vida ganó peso cuando no tenía trabajo como actor. Así empezó a escribir unos guiones para divertirse. Así salió su primer corto “9 vacunas” en 2012, que tenía la colaboración de amigos como Martín Piroyansky y que fue seleccionado en la última Bienal de Arte Joven para realizar una beca de residencia en Estados Unidos. “Se me venía un año sin trabajo. En la desesperación por actuar pensé en actuar en mi propio corto que era 9 vacunas y que ya lo tenía escrito hace dos años. Lo hice con la ayuda de mis amigos y empecé a darme cuenta que me gustaba dirigir tanto como actuar. Todavía lo hago cuando se me viene un panorama desolador como actor. Así no me tengo que quedar esperando a que alguien me llame. Me gusta dirigir y actuar en cosas mías, aunque no me considero escritor. No me seduce la idea de hacer algo a pedido o incluso para mí. Pero naturalmente de repente se me ocurre una idea y la escribo. Luego si tengo tiempo la desarrollo. Escribo cosas que después pueda hacer o filmar, fáciles de realizar”.

Su segundo corto Presente imperfecto de 2013 (el afiche está enmarcado y colgado en la habitación de su living), ganó el Bafici y lo llevó al Festival de Cannes. “No tenía en perspectiva dedicarme a la dirección. Pero a partir del primer corto surgió otro guion, otro corto que me llevó a Cannes. Era una situación extraña porque por un lado estas en esa fantasía de estar allá que está bueno vivirla, pero al mismo tiempo yo estaba pensando como hacía para pagar el alquiler a fin de mes.”

El último proyecto fílmico, que viene realizándolo de forma casera desde 2012, es un documental-ficción sobre su tía abuela, que juega entre el drama y las situaciones ridículas que despiertan humor, y que ganó el premio I-Sat dentro de la Bienal de Arte Joven. “Ese proyecto lo vengo filmando desde 2012. Nació a partir de una tía abuela que me llamaba para decirme que se iba a morir y que tenía unas cosas para mí. Ella no tiene hijos, no tiene parientes, y medio que la empiezo acompañar, me hago amigo de ella y me quiero quedar con su herencia Un día me decía: veníte que tengo un par de toallas. Cuando le decía que las pasaba a buscar me decía que esperara a que se muriera. Así con todo. Hasta que muere a los 91 años. Era todo un personaje. Fumaba todos los días. Por eso, el documental se llama “Flora no es un canto a la vida”. 

Otra vez una situación cotidiana, que se vuelve extraña. Simplemente, el mundo de Iair Said.

Gabriel Plaza

 

El mundo “normal” de Iair Said

Música. Iair dice que no sabe nada de música. En su casa igual hay dos objetos de melómano. Una portada con la gran Celia Cruz bien colorida. Un libro sobre la vida de Pati Smith. Una de sus amigas es la cantante Rosario Ortega, que le puso música a “Presente imperfecto”, uno de sus cortos. “Soy muy groupie de ella y su música, me conmueve su voz”. A su vez está en contacto con bandas como Indios y Bandas de Turistas. Y hasta en su último cumpleaños junto a su amigo Daniel Khon estuvieron tocando Gustavo Cordera, Andrés Ciro, los ex Soda Stéreo. “Me gusta la música, la disfruto, pero si me preguntas no sé nada”. Entonces uno se lo imagina a Iair, como en una posible escena de una comedia, bailando, moviéndose, sin saber mucho porque, claro siempre con su rostro serio, por momentos, o su rostro totalmente desencajado, excitado, eufórico, como en cualquier fiesta.

Películas. Recorrí el mundo con el corto 9 vacunas y con Presente Imperfecto me fui a Francia a participar de Cannes. Me dieron muchas satisfacciones. Pero hay que tener cuidado con lo que se arma alrededor de los festivales internacionales. Tuve que poner un montón de guita para hacer eso y más, que el prestigio no tenés. Si te crees el cuento del festival vas perdido. E s hermoso que te inviten a festivales, porque es un gran impulso y está bueno que circulen afuera. Pero lo bueno de la Bienal es que más allá de los laureles te mandan a estudiar y eso te sigue construyendo. Lo otro es irte a sacar la fotito.

Referencias. Martín Piroyansky, además de ser amigo, para mí es una referencia. Lo admiro porque no para. Todo el tiempo hace proyectos. Tiene mucha más fuerza que yo y más años de estar trabajando. Para mí es admirable todo lo que hace. Veo similitudes con él, por eso tenemos el mismo código de humor y filosofía de vida que compartimos. Me honra estar en ese grupo de artistas con él y Ariel Winograd. A mí me gusta lo que hacen ellos y como a ellos les gusta lo que hago yo, también me siento bien, porque si gente que admiro me reconoce siento que voy por el buen camino.

Experiencia Bienal. A todos se nos trató con respeto y buena onda. La gente que era tutora prestaba atención a tu proyecto con mucha dedicación y estaban inmersos en el mundo que les proponías. Era toda gente que uno admira: Martín Retjman, Gabriel Medina,  Hernán Musaluppi, Lita Stantic. Es un espacio que faltaba en la Argentina. No hay tantos lugares donde se puedan desarrollar proyectos o cortometrajes. Eso fue un espacio para que eso pudiera ocurrir. Además noto que va creciendo constantemente. Del primer año que fui a este último fue otra cosa. Aunque no hubiese ganado estaba muy contento de participar y se me ocurrieron cosas nuevas. Eso está bueno porque compartís con otros artistas. Es un espacio que faltaba y que viene a ocupar un lugar del que quiero formar parte de alguna manera más activamente. Es un lugar sentí, en el que todos tenemos las misma posibilidades.  

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