“Todos pueden ser artistas”

Una escalera. Un largo pasillo con una sucesión de puertas cerradas, donde un día con suerte te lo podés cruzar a Ricardo Mollo o Nacha Guevara. Detrás de cada puerta se cocinan cosas. El taller del artista visual Matías Ercole, ganador de la última Bienal de Arte Joven en artes visuales, está bien al fondo. Es una habitación blanca de diez por cinco con poca ventilación y mucha luz. En ese espacio tiene todo lo necesario para trabajar. Una computadora para seguir conectado con el mundo y escuchar música - ahora está sonando el disco Bocanada de Gustavo Cerati- y una heladerita para las jornadas más largas de trabajo en continuado. “Este es mi bunker”, dispara orgulloso como si fuera un adolescente que mantiene la puerta cerrada a sus mayores. En su bunker, Matías a veces está dibujando, escuchando música, leyendo cosas en su computadora, colgando cosas en Instagram o Facebook y craneando proyectos con nuevos medios y a gran escala.

“¿Querés que te muestre obras? No sé como funciona esto”, dice con inocencia y amabilidad. Matías tiene jóvenes 28 años, aunque no soy tan chico dice. Echa un vistazo a su taller y se le hincha el pecho. “De este lado antes no había nada. Estaba mi computadora y el fondo parecía eterno”. Ahora el rectángulo está prácticamente lleno de obras de gran tamaño. Es una metáfora de su crecimiento: obras que tienen varias exposiciones, premios y menciones. Obras que hablan de su universo. Obras que empezaron a resonar con un estilo que empezó tiempo atrás. “Si me pongo a pensar cuando empezaron los primeros signos de lo que hago hoy fue en 2010. Una profesora me dijo que tenía buena línea y así empecé como a dibujar”.

Inspirado en la técnica del esgrafiado  (“tinta sobre una base de cera que lo que hace es que cuando yo rasgo se descubre el blanco en el papel”), Matías fue encontrando primero la técnica para empezar a dibujar sus universos. “Me servía para lograr texturas en la imagen. Al principio era investigar. Después encontré un motivo que fue a  partir de un viaje a las Cataratas. Agarré una foto y empecé a dibujar ese paisaje y me salió una imagen bastante abstracta que medio que me asusté y después me fui enganchando en esa búsqueda de texturas. Así apareció el paisaje de mis dibujos”.

Pero no son paisajes reales. Las pinturas de Matías Ercole podrían ser parte de esas monumentales escenografías “sobrenaturales” de una película de Guillermo del Toro. Hay oscuridad, hay algo de tragedia, hay una naturaleza fantástica y trozada, hay un universo trágico, gótico y dramático como el de una ópera de Wagner, hay una arquitectura de la botánica, hay blancos y hay negros, y hay, sobre todo, una escenografía que responde a sus propias leyes. “Cuando estudiaba en el IUNA los profesores me hicieron dar cuenta que no era un pintor de paisajes. No era como los impresionistas que salían a pintar el paisaje. Me empecé a preguntar que tenían esos lugares de la naturaleza y estos espacios. Que quería causar. Y me di cuenta que me interesaba esta cosa medio opresiva, inquietante, esos agujeros negros arriba y abajo, donde todo colapsa. Esa cosa de parche, de que puedo romper la imagen y deshacerla. Así se fue armando mi obra. Quería que no fuera algo cómodo al ojo”.

-¿Es como romper la armonía del paisaje?

-Sí. No me gustaba lo bello del paisaje.

 Matías trabaja sin pinceles. “No sé bien lo que soy”, dice y se ríe de las categorías. Sobre la mesa está su instrumental de trabajo: son artefactos, que fue encontrando en distintos lugares. También hay una bolsa llena de birulana: “¿ves? agarro la pintura y la levanto”, dice y raspa sobre la tela develando los blancos que crean líneas oníricas y dan paso a ese universo a veces gótico. Su tema –el paisaje-tiene un origen. Matías iba mucho al Botánico. Había algo de esa naturaleza insertada en el medio de la ciudad que le despertaba cierta inquietud. “Iba y sacaba fotos de paisajes del Botánico. Tenía como un archivo de imágenes de todo eso. En un momento trasladaba la imagen al dibujo. Cuando me dejó de interesar, empecé a crear mis propios espacios con una técnica de collage, a partir de ese archivo de fotocopias con el que fui armando otros paisajes. Me di cuenta que la posibilidad que me daba el dibujo era de dar realidad a esos espacios que no existen en la naturaleza, pero que en el mundo del dibujo son posibles”.

De chico, Matías Ercole siempre dibujó. “Es una cosa clisé que uno lee en las entrevistas y me mata, pero es así. Mi mamá estudió Bellas Artes. Siempre fue un elemento de juego en mi casa. Siempre había lápices, marcadores, me acuerdo que en un momento tenía la fantasía de tener una librería para poder tener todas esas cosas. Me gustaban las hojas, los blocs de colores, cuando terminé la primaria quería hacer algo orientado al arte y fui a la escuela de cerámica”.

-¿Tenías la certeza de querías hacer eso?

-Cuando termine el secundario sabía que quería hacer una carrera de arte. Recuerdo que siempre discutía con un amigo que me decía: ¿De qué vas a vivir? A mí no me pasaba esa pregunta por la cabeza. No creía que no era posible poder dedicarse al arte. Tenía la convicción extraña de que sí se podía. Siempre me la jugué. Pienso en las primeras pinturas que mandé a un concurso y son muy ingenuas. Tenía compañeros que decían que no querían hacer una muestra hasta que no terminaran la facultad. A mí eso siempre me parecía raro porque en las artes visuales no se necesita de un título para hacer algo.

Fueron pequeñas cosas, pequeños pasos, que se fueron dando para que Matías Ercole se transformara en un artista. A la par de la secundaria empezó a estudiar con Guillermo Roux. También cursó tres años de realización escenográfica en el Teatro Colón. “De hecho mis primeros trabajos fueron de eso y de extra. Trabajé haciendo escenografías para la publicidad y el cine. Un día un profesor me dijo: “no podés ser artista o escenográfo”. Al final, tenía razón. Lo que me gustaba de la escenografía es el hacer. No hacer planos y logística. Así fue que me incliné a las artes visuales”.

Entró a la carrera de Artes Visuales en el IUNA. Después empezó a conectar todo. “Siento que mis imágenes tienen mucho de espacio escénico y teatral. De hecho cuando estaba en el Colón, me iba a ver óperas. Al principio, la gente decía que mis paisajes eran muy románticos. Detestaba que me digan eso. Después lo acepté. Ahora me gusta”.

En el fondo a Matías le fascina lo romántico, la telenovela y esa estética kitsch de la tragedia griega. Tiene una personalidad risueña. Un andar liviano. Puede pintar escuchando Wagner, cumbia o reggaetón o cantar en una banda efímera junto a otros artistas visuales canciones de Nek o Bunbury. “Soy un poco bizarro”. Matías disfruta de esa contradicción entre vida y obra. “La gente me dice que tengo un trabajo serio que no lo asocian conmigo, porque me río todo el tiempo. A veces pienso que en el trabajo queda esa parte más seria y oscura y puedo seguir con mi vida de forma más liviana. Tampoco me gusta que mi obra tenga esa carga pesada. No quiero que le cause algo opresivo al que lo mira. Hace poco un artista que fue a la residencia en la bienal decía que hay obras de arte que son para vivir y otras para morir. ¿Yo me ubicaré en los que hacen arte para morir?.No quiero esa cosa más baja, pero a la vez me representa y lo acepto. ¿Ya te mareé?”

La contradicción alimenta su personalidad. Cuando construye sus obras se puede sentir como un “semi dios”, grandilocuente, exagerado. “Todo el tiempo estoy pensando que quiero hacer trabajos más grandes, como más grandilocuentes. Incluso pensé en hacer obras con luces y humo. Hasta me compré una máquina de humo hace dos años y trato de ver como encajarla en una muestra. Veremos que pasa”, dice y se vuelve a reír. A la vez las obras de Matías Ercole tienen un nivel de detalle obsesivo, de antiguo grabado japonés, que lo vuelve minimalista. “Mi trabajo a veces parece frío, distante. Siempre me gustó el negro, el blanco, el hierro. Esas cosas bien básicas de materiales. Pinté con colores, pero nunca tuve la intensidad del contraste del blanco y negro. Me gusta esa cosa mínima y el papel. Es raro. Es como contradictorio. Me encuentro en esa pugna, entre el arte minimalista y lo barroco”.

Su último paso formativo fue hace dos años en el CIA (Centro de Investigación Artística) que dirige Roberto Jacoby. “A partir de ahí se me abrió la cabeza. Teníamos compañeros de todas las disciplinas. Los cursos venían de un lado distinto al de las artes visuales y se me amplió el universo de posibilidades. Hasta teníamos clases de canto o charlas con sociólogos para que uno  pueda nutrirse de otros lugares”.

Después de esos cursos nació otro método de trabajo. Bajo la producción. Empezó a reflexionar más sobre su propia obra. Y a pesar de su corta edad empezó a mirar en retrospectiva. “Cada pieza responde más una a una pequeña micro historia dentro de un gran universo de la obra”.

-¿Ese universo tiene un nombre?

-Sin titulo (se ríe). No sé. Ultimamente me entregué a mi intuición. Antes estaba ¿Esto que hago tiene sentido? ¿Para qué? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué no digo? En un momento dije: “basta”. Pienso en imágenes primero. Se me aparecen imágenes y voy a creer en ellas y las voy hacer. Después veré cual es la conexión interna y la lógica que se genera entre ellas. Estoy en eso.

Matías puede ser reflexivo. También puede sonar irreverente. El personaje que mejor le calza a su edad. “Artista puede ser cualquiera. Todos pueden ser artistas. Incluso ahora yo siento que estoy desmitificando toda mi formación. Hago la peor composición que pueda hacer porque en definitiva uno genera sus propias reglas."

Gabriel Plaza

 

Mi biografía

 

Aprendizaje: En el IUNA todo lo que buscaba que pasaba afuera lo empecé a encontrar ahí en la cátedra de Carlos Bissolino donde pasaba gente como Pablo Siquier, Viviana Blanco, Itamar  Hartavi, y donde el trato era de a pares. Muchos teníamos taller afuera y nos quedábamos toda la clase charlando entre nosotros. Ellos entendían el proceso de producir, que no es sentarse a cumplir horas en el trabajo. Si estás bloqueado estás bloqueado, sino se te ocurre una idea no hay obra.

Nueva escena. Con mi grupo de amigos, que había conocido en el IUNA, agarramos toda  la efervescencia de los espacios jóvenes autogestionados que estaban hechos por generaciones cercanas a nosotros. Los artistas jóvenes no tenían espacio para mostrar y no encajaban en el medio. Cada uno entonces empezó a generar sus espacios con ciertos antecedentes que empezaron como experimento. Uno tenía una casa y se ponía un taller. Después una sala la dejaban para hacer una muestra y  después hacían una fiesta. Eso empezó a causar interés en las otras generaciones. Fue un espacio mirado y vieron que ahí se producían cosas interesantes, desprejuiciadas y eso ingresó en plataformas legitimadas como Arte BA, que empezó con el Barrio Joven. El que generaba un espacio se legitimaba así mismo y a los amigos. Hoy las galerías lo que más buscan son artistas jóvenes

Residencia: Me interesa como desafío participar de la residencia en el EAC de Montevideo que gané gracias a la Bienal. A Uruguay llegó el 25 de febrero y el 11 de marzo inaugura la muestra. La muestra está pensada como un working progress. Durante los dos meses de residencia voy a seguir agregando cosas. Me pareció interesante que se vaya viendo como las ideas se van encimando unas a otras. Como lo anterior se va transformando. Aprovecharme de esa situación y que generen otras condiciones para el trabajo. Esta es la segunda residencia que gano en la Bienal. En la anterior edición me fui a Barcelona. Ninguna de las dos veces pensé que iba a ganar.

Referencias: En un momento miraba muchos artistas que me interesaban y decía así le voy a sacar un poquito para ponerlo en mi obra. Era muy importante esas referencias que eran parecidos a lo que hacía. Los grabados japoneses y los pintores románticos también. Las referencias en mis casos se expanden a otras disciplinas. El video me encanta. Me atrapa la sala oscura y una luz que se proyecta. En mis trabajos el tema es la luz. Esa situación de luz del teatro o el cine me interesa y me gusta traducirla al dibujo.

Experiencia Bienal: Fue buenísima. La etapa de formación fue excelente. Me gusta esa cosa de vincularse con otros artistas que por ahí los tenía de nombre pero después los conocí  personalmente. Tengo amigos como Gabriel Chaile y Ramiro Pons que nos conocimos ahí en la Bienal. Me interesan los cruces y conocer las obras de los demás de una manera profunda. Cuesta que uno se siente a hablar sino es en un contexto académico de la obra. Que se de ese espacio está buenísimo.

Circuitos: Camino un montón. Voy a parques, pizzerías y recorro mucho el circuito de las artes visuales y de la actividad cultural gratuita que hay en la ciudad. Me gustan las galerías jóvenes chiquititas como Ruby, que queda en Colegiales y que de a poco va creciendo y expone cosas que les gustan sin especulaciones. En el otro extremo está Barro, un proyecto descomunal que no existía en Buenos Aires, un galponazo en la Boca con miles de metros cuadrados. Hay otro espacio que me interesa mucho y lo gestiona la artista Ana Gallardo que se llama La Verdi. Está pensado para otro tipo de necesidades dentro del medio. Llamó artistas que le copaban y que tengan talleres gratis y tengan movidas. El otro día hicieron un concurso de empanadas. Se hacen bandas de artistas. Arman charlas. Proyectan video arte. Está bueno eso de recuperar cierta inocencia del under que había antes en el circuito independiente.

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