“No puedo separar el arte de la vida”

“Te quemé la cabeza no?” dice después de una charla intensa Marina Otero. Su obra Recordar 30 años para vivir 65 minutos es un reflejo de esa voracidad por abarcar toda su vida en un instante. Marina, la bailarina, la actriz, la escritora, la directora, la performer, no para de tirar instantáneas de su historia en un verdadero tour de forcé por su vida. Todas remiten a su obra, porque a la vez remiten a su propia historia. Es un lugar personal, sincero, extraño, audaz, donde realidad y ficción se cruzan constantemente. Es un nuevo espacio en las artes escénicas creado por ella misma para no deberle nada a nadie, para no seguir a otros, para no tener que rendir cuentas, para hablar con la verdad y que Dios y la patria se lo demanden si hace lo contrario.

 Si Viví Tellas con sus biodramas y Lola Arias con su ciclo Mis documentos inauguró otra veta dramatúrgica, que remitía exclusivamente a los diarios íntimos y personales, dentro de las artes escénicas, el trabajo de Marina Otero abre otra hendija más que ella bautizó como Incendio performático. “Antes tenía otro título que era pequeño acto de incendio público. La performance como algo que está vivo y es real y es como crudo, es ahora, presente. A la vez la obra está súper armada, pero al mismo tiempo estoy como en llamas. Sino estoy actualizada y no es real, no sería performance. Hay una parte muy cruda de mí ahí”, reconoce la reciente ganadora de la Bienal de Arte Joven como directora de danza.

Marina Otero es menuda. Tiene el pelo desprolijo, como si recién se hubiera bajado del escenario, y la risa fácil. Durante los días de su vida es profesora de pilates. Durante el resto que le queda de la jornada estudia, investiga, explora su cuerpo, da talleres en casas. Le gusta cocinar en su hogar de un ambiente. Sale poco. Va al cine o al teatro con su novio. Dice que prefiere los encuentros de a uno con sus amigos. Su época de fiestas y drogas a los veinte ya pasó. Su vida, desliza no es tan interesante. “Estoy hecha una señora”, se ríe. La Marina que sube a escena es otra, o es muchas, eso hace que su vida, resumida en un editado de 65 minutos, sobre el escenario sea tan intensa, tan interesante. Ya lleva varias temporadas en el off con Recordar…y en marzo promete volver a reponerla en el Excéntrico 18.

Se podría decir que Otero no solo deja el cuerpo en el escenario. Se inmola función tras función. Se prende fuego frente al público. No deja recoveco de su vida por contar. Por eso, la manera de conocerla mejor sería directamente ir a ver su obra, la más emblemática de su proyecto Recordar 30 años para vivir 65 minutos. Marina Otero cuenta todo cuando se prende el grabador. Hasta los detalles más mínimos. Dice por ejemplo que nació en un hogar clase media con lo justo. Que sus padres la ayudaron, aunque el arte estaba clausurado en su casa. Que su padre  “un tipo que se sigue levantando a las cinco de la mañana para hacer reparto de pan) y su madre “una bailarina frustrada que ahora está estudiando nutrición en la Uba”, no venían del palo del arte. Que había un ambiente represivo. Que ella se volvió quilombera para romper con eso. Para animarse a hacer lo que no hizo su madre. Primero quiso anotarse, como su vecinita de la cuadra en una escuela Waldorf, pero no le dieron bola, porque le decían que ahí la gente fumaba porro. Para zafar iba a las clases de danza y cuando se hacían las fiestas de cumpleaños, les montaba pequeñas coreografías a sus primos para que se luzcan. El baile fue su primer amor.

En la adolescencia, cansada de la escuela de danza del barrio, se vino al centro y se anotó en el instituto Arte 21 de Oscar Araíz. “Cuando entre ahí descubrí lo que era la danza”. Ese día no se olvida más. Se la pasó llorando todo el regreso en colectivo hasta su casa. No le daban los costos del curso. Había encontrado su destino. Pero la plata en su casa no sobraba. “Mi viejo me vio desesperada. No recuerdo bien como fue pero creo que me dijo que me tranquilizara que si realmente era lo que quería hacer íbamos a encontrar la manera”.

Fue el despegue. Al poco tiempo, la futura bailarina estudió y se alquiló un departamento en el centro. Se las rebuscó una temporada bailando para la compañía de Koki y Pajarín Saavedra. La experiencia dice la marcó, aunque después se olvidara por completo del folklore. “Fueron caminitos. Zapateaba. Estaba en la compañía. Quería trabajar profesionalmente. Entré. Viajamos por todos lados. Me encantaba. De hecho hace tres días soñé con ellos. Pasó mucho tiempo. Con ellos trabajé, fue algo profesional de la danza. Después me fui porque quería hacer danza contemporánea y después me fui enloqueciendo cada vez más. Ahora es performance. Igual yo me río del término porque está tan bastardeado y usado.  Cualquier cosa es performance. Hasta me río de mi misma”, dice, mientras toma su café con leche y devora una galletita.

Marina pone el acelerador de su vida y tira otros flashbacks. Su trabajó como intérprete y asistente coreográfica en “La Idea Fija” de Pablo Rotemberg, su paso por la Compañía de Danza Contemporánea UNA dirigida por Roxana Grinstein, sus bocetos que tiró a la basura, su futuro viaje como becaria del Theatre Spektakel (Zurich) por su labor como directora de “Recordar 30 años para vivir 65 minutos” ganadora de la última Bienal de Arte Joven. Va y viene del presente al pasado y al futuro. Es un viaje, como si estuviera recorriendo su propia obra. Ahora dice, tiene 31 años. “La obra  empezó hace treinta años. Pero en realidad empecé a pensar en una obra autobiográfica en 2008.  Después se rompió y tuvo mil transformaciones.  Quería una obra que hablara de mí pero quería ser sincera, y como nunca llegaba a esa sinceridad que yo quería demoré mucho tiempo hasta que logré algo. Más allá de si fue la mejor manera técnica o profesional. Tenía que ver con ser sincera, abismarme”.

¿Hay una tensión entre la verdad y la ficción en la obra?

-Ese es el cruce con el que trabajo y a mí me interesa. No puedo separar el arte de la vida. Me da gracia cuando la gente me para y me dice: “tu amor sumiso, ¿ese fue real? Yo le contesto: “tiene nombre y apellido. Te puedo contar un montón de anécdotas”. Pero yo me refiero a la verdad de estar presente, de dejar de pensar, de entregar, como algo más espiritual. Sería sacarse la máscara. Me pasa mucho cuando voy a ver obras o trabajar con otras personas y veo alguien que está como muy forzado, aunque cuente algo de sí mismo. Dale, decí la posta. Lo que hace la mente es huir y tapar cuando algo te duele. ¿Cómo hacer para abrir esos recovecos y mostrarse?. A través del cuerpo. Así estoy. 

Ese período de investigación personal, cuando Marina Otero ni siquiera estaba en el mapa de las artes escénicas, como lo está hoy, lo describe como una experiencia aparte. Se encerraba en salas prestadas (porque no tenía un mango) para ver qué pasaba físicamente. “Ahí empecé todo y fue un camino interminable. Todos los abismos, los fracasos, los bocetos de una obra que nunca se hizo, después quise abandonar todo porque me angustiaba mucho, porque no sabía qué hacer. Pasan dos años sin nada y entonces presentó un boceto que se llama Recordar 28 años para vivir 50 minutos que era como una performance que se basaba en tirar un dado y según eso sacaba carteles con la posibilidad que salga un video, un poema, un texto de un diario íntimo y tenía que armar una escena a partir de todo ese material de investigación. Así empezó todo. Seguí investigando y encuentro unas historias de la familia donde hay una tía muerte. Aparecen historias, más historias, que estaban sepultadas que me convocan a seguir investigando. Entonces sigo hasta armar este boceto Recordar 30 años y ahí pensé: “cierro este boceto”. Lo presentamos con un guión que estaba basado en los textos viejos y los últimos. Se presentó la obra y  ganó la Bienal. La idea era que esta obra siga transformándose, pero ahora me di cuenta que esta es la obra de mis primeros treinta años y ahora tengo que esperar a ver qué me pasa para hacer la obra de los 40. Quiero que sea una obra interminable, que me persiga toda la vida para que no deje de investigarme”.

¿Por qué sobre tu vida?

¿De qué puedo hablar? No tengo otra cosa que me interesa más que el ser humano y no conozco a otro ser humano tan profundamente o que quiera meterse al fondo como yo. Era la única manera de estar las 24 horas investigando a alguien. No sé hasta donde el otro quiero llegar. Conmigo sé que voy a ir hasta donde tenga que ir. Es un poco lo inevitable. Fue un poco porque no me quedaba otra. El trabajo más difícil fue todo lo que lleva traducir un mambo personal en el algo escénico que le pueda interesar a otra gente. La pregunta que te haces es ¿A quién mierda le va a interesar mi vida? Menos en este mundo donde todos hablamos de nuestra vida o publicamos la fotito en Facebook. No sé lo que sucedió con Recordar…, pero algo pasó.

 

Es una obra titánica. Hay textos, sí algunas filmaciones, si recuerdos que pueden estar cerca de la realidad o ser producto de su imaginación, están las músicas que la siguieron este tiempo y está el aprendizaje para dejar de ser una bailarina y transformarse en una performer. El recorrido fue largo. “Al final de la obra digo que no soy nada. Que solo soy una caprichosa que quiera saber para qué vino al mundo. Pero yo vengo de la danza. Desde que nací me llevaron a danza. Pero a los 19 cuando empecé a venir a la escuela de Oscar Araiz, tuve la oportunidad de tener otros profesores. Yo venía de una escuela de barrio en Olivos, donde tenían que nada más danza jazz, danza clásica y español. Vine y tuve una profesora del grupo Krapp. Cando los fui a ver dije: “ah claro, esto es lo que yo tengo que hacer”.

El foco de Mariana cambió por completo. Ya no era sólo danza. Había algo más para explorar. No le interesó pertenecer a los distintos mundillos. Marina quería abarcar todo, sin explicaciones, escuelas, escenas, estilos. “Siento que empecé a desencajar en los distintos mundos. Siempre me sentí sapo de otro pozo, en el mundo de los bailarines y en el mundo de los actores. Estoy como desencajada en todos lados. Por eso empecé a hacer esta obra porque quería saber de qué pozo soy”. Llevada por un hambre voraz de búsqueda hizo muchos talleres. Todos distintos.  No termino ninguna carrera. Necesitaba romper con las reglas: “Cuando quería ser bailarina a los 19 años me volví anoréxica y muy obsesiva. Por suerte me di cuenta que nunca iba a ser una” bailarina” del San Martín, ponele. Los caminos son muy distintos para cada uno. Lo que hay que aceptar es que hay que comprometerse con uno mismo”, sentencia. Quería rebelarse a la obsesión y la disciplina de la danza. Quería hacer quilombo, incluso que la echaran antes de pertenecer a un gueto. “Siempre soy la quilombera. Hace poco en Chile con esta obra salí a las calles y le mostraba las tetas a la gente. Es un símbolo ridículo y estúpido de hacer quilombo. ¿Para qué? En mi caso es para rebelarme cuando me estoy perdiendo por la mirada de los otros. Como no sé cómo expresarme lo hago físicamente. Primero lo expreso y después lo entiendo. Ahí es donde la bailarina toma en mí el cuerpo. El cuerpo como lo único. De ahí sale la escritura, de ahí sale la voz, la música, es como el medio”.  Marina deja de sonar desaforada. Suena existencial.

Gabriel Plaza

Los diarios de Marina

Experiencia Bienal. Tiendo a aislarme y la Bienal fue la oportunidad para lo otro. Es una vidriera y me abrió un montón de puertas. Salió lo de Santiago a mil, conocí gente y está buenísimo. Se me baja el idealismo de que el arte es una mierda y que somos todos unos caretas. No es todo así. Estamos todos igual, estamos en la misma. Ahí está bueno porque está todo mezclado. Está bueno que gané por mi trabajo. Para mí es re sincero y gracias a eso me voy a Zurich. De golpe la loser que conoce sólo Chile y Uruguay como mucho se va a Zurich a un programa llamado Watch & Talk que es un programa que vas a ver obras de teatro y danza junto a diez jóvenes de todo el mundo. Es increíble. Es como un delirio que lo súper agradezco, que me hace bajar del caballo.

El off: El contexto te condiciona y te hace elegir. El capitalismo lo que tiene es que tenés tantas posibilidades que no te decidís por ninguna. La ausencia o las pocas posibilidades lo que hace es que tengas un solo camino. Y si lo perdiste, adió se te va. Es solo ese camino. Metete adentro o quedate afuera mirando. Hacer una obra es hacer realidad lo imposible. La necesidad hace que produzcas, que gestiones, que organices. Aprendés sobre la marcha. Así es como se hace. Pura experiencia y cero teoría”.

Próxima obra. Va a circular de manera clandestina. Va a ser anti marketing. No va a estar en Facebook. Llega el que llega. Va a haber un sistema para que lleguen esas personas pero siempre va a hacer azaroso, porque después de Recordar… uno empieza a ser reconocido y no quiero engañarme a mí misma. Necesito volver a lo importante: la sinceridad. Porque empieza a tener más energía que funcione, me dé fama, como la competencia empieza a ser más importante que lo importante. Ahí es donde está el trabajo más finito y verdadero para que todo vaya a que el cuerpo sea solo canal de comunicación.

Diario personal. Yo doy talleres de materiales personales. Y digo uh que embole, me pasa conmigo. Lo interesante de ese material es descubrir que hay debajo de eso. Que es lo escondido. Tengo una obsesión con eso. Es como una búsqueda del tesoro. La historia del chabón que te dejó o que su mamá que se murió. Que hay ahí. Es como: “mirémosnos los huesos”. Es como descubrir ese trasfondo más humano donde podamos compartir. Es la necesidad de desnudarse profundamente. Ese el trabajo más difícil para que no quede expuesta mi vida, mi tragedia, y mi ombliguismo.

Influencias. Tuve inspiradores. Trabajé con Pablo Rotemberg. El fue un gran inspirador. Desde que vi su trabajo me enamoré. El encuentro con el escritor Pablo Ramos, fue también importante para la obra Recordar. De teatro tomé cosas de ver los trabajos de Lola Arias o el trabajo de  Vivi Tellas que trabaja con el biodrama. Lo que hago capaz es un biodrama pero haciendo más hincapié en el cuerpo que en el texto. Alguien que me encanta como produce es Alberto Ajaka. El está como desencajado en la escena. Me gusta eso. Las personas que están más desencajadas. No me gusta el que está instalado como profesional. No me calienta, digamos.

Música: Me gusta mucho Calle 13. De hecho empezamos a armar una banda con mis alumnos. En el verano tocamos una vez. Tenemos sólo un tema de nueve minutos que se llama “Artista snob del teatro capitalista”. Esta banda surgió porque a mí me sale escribir temas y de tanto escuchar Calle 13 salió este rap. Y va a a estar dentro de la futura obra. Queremos seguir esta experiencia. Tocamos un par de veces. Todos teníamos el deseo frustrado de tocar un instrumento. Entonces todos empezamos a estudiar ese instrumento y se armó esta banda de frustrados o ex frustrados. 

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