Mi último año de artista joven

Crónica Eleonora Herder, bienalista internacional (Alemania) que vino a hacer la experiencia del Campus Bienal 2017.

Llego. No sé si es de noche o de día. Veo todo como a través de un cristal de azúcar.

 

Vienen a saludarme. Me dan un beso en la mejilla, un beso sólo, en la mejilla izquierda sólo. No traigo adaptador eléctrico. Me miran con ojos abiertos e inteligentes, me sonríen, me preguntan cosas. Hacen chistes sin parar, pero no por eso me toman menos en serio.

 

Me dan un mate, me preguntan, me sonríen, me hacen sentirme en casa. Enseguida sé que voy a amar esta gente.

 

Me supera la grilla del programa. Miro, pero no veo nada. Oigo, pero no escucho nada. Hay de todo, en muchos colores, hay 600 artistas de mi edad… Cómo? 600!?!

 

Por un momento sueño con un ejercito de artistas, me imagino que cruzamos los andes encima de elefantes y conquistaremos Estados Unidos. Luego me doy cuenta que no se reparten las típicas placas con nombres o categorías, como lo suelen hacer en todos los otros festivales de arte a los que he asistido. Un ejército joven sin rangos, ni insignias, ni categorías…?

 

Mi propia fantasía anarquista me supera.

 

En una entrevista me preguntan por el rol del artista joven en mi país. Les digo que el artista joven es el proletario explotado de la industria creativa de mi país. Noto que me miran de forma sorprendida. Su sorpresa a su vez me sorprende a mí. Todo lo que sé de los artistas argentinos que conocí en Europa es que el arte aquí apenas esta subvencionado, que no paran de cerrar instituciones culturales y que resulta casi imposible sobrevivir como artista.

 

Miro a mi alrededor. Veo el patio del centro de la recoleta llena de gente bien vestida y luces, veo cámaras de última generación tecnológica, veo una grilla con muchos colores y comida y bebida gratis durante una semana para 600… 600!?! … artistas jóvenes.

 

Empiezo a sospechar que mis amigos argentinos emigrantes deben de ser todos unos gran mentirosos.

 

Después de la obertura tenemos una primera clase con un director que se llama Federico León. Por su comportamiento intuyo que debe de ser muy conocido por aquí. Nos pide como ejercicio de desarrollar una mini-escena a partir de un objeto del pasado. Levanto la mano, quiero preguntarle qué es lo que entiende él por una mini escena, pero veo que los otros ya empiezan a ensayar lo suyo sin vacilar.

 

Presento mi mini-escena. La llamo:

 

Cuando descubrí que era feminista.

Les pongo una grabación de audio de una conversación que grabé en un taxi en Teheran, en la conversación dos personas hablan sobre una canción, que suena al fondo de la conversación y  en la cual canta una mujer, cosas que en Iran esta prohibido por la ley. Mientras que dejo que suene la grabación me pongo lentamente mi guantes de boxeo.

Al acabar mi “mini-escena” miro las caras de mis compañeros y me doy cuenta que Teheran debe de quedar muy lejos de Buenos Aires.

 

El domingo vamos a un sitio sorpresa. Viajamos tres horas en un micro hasta llegar a un pueblo cuyo nombre me resuena, pero no consigo recordar qué:

 

Punta Indio.

 

Nos recibe un artista mayor de edad que se llama Edgardo Giménez, nos abre el portón de su hacienda vestido en pantalones de chándal y botas de goma. Nos da una beso en la mejilla a todos. Un beso sólo. En cada mejilla. 34 besos.

 

Mientras que caminamos hacia su taller nos cuenta que se fue a vivir al campo hace muchos años porque todo era más sencillo y más sincero aquí, la gente era más simple y no tan “pasados de la nuca” como los porteños. Vamos caminando a paso lento y mientras que habla me cae terriblemente simpático. De repente estamos delante de un edificio neoclasicista, cubierto en oro, con leones de hormigón adornando las columnas de la entrada. Su taller. Por dentro parece una mezcla entre la casa de Salvador Dalí y el palacio de Neuschwanstein. El artista nos cuenta que lo ha construido la gente del pueblo bajo sus instrucciones:

 

No les parece increíble

que una gente tan sencilla pueda construir algo así?, nos pregunta el artista en chándal.

 

No sé muy bien qué contestar. De repente me acuerdo de la entrevista del primer día y se me ocurre otra respuesta a una de las pregunta. Recapitulo mentalmente el diálogo.

 

¿Qué diferencia hay entre…? quiero decir: ¿Cómo se define tu generación de artistas?, me pregunta la chica de relaciones públicas de la Bienal de arte joven de Buenos Aires a mi yo del primer día.

 

Y mi yo del primer día le contesta: 

Creo … o quiero creer que creo… que la diferencia entre nuestra generación y la generación de artistas anterior a nosotros es que intentamos crear de acuerdo con nuestra ideología político y no sólo usarla como discurso para exponerla en nuestro arte. Consideramos el proceso de creación parte de la obra  y no sólo el producto final.

 

Sin que me doy cuenta tengo a Edgardo Giménez delante mío, quien me regala un libro sobre su arte y su vida y me da un beso en la mejilla, uno solo, en la mejilla izquierda solo. 34 libros, 34 besos.

Hojeo el libro con interés y me paro en una página con una fotografía de una casa roja diseñada por él. Debajo leo “Casa colorada de E. Szwarcer”. Szwarcer? Así era el apellido de una hombre por el cual viajé por primera vez a Buenos Aires hace 8 años y quién me dejó a mitad del viaje.

 

Quién es este Szwarcer?, le pregunto a Gimenez quién sigue repartiendo libros y besos a otros bienalistas.

Nada, un amigo.

¿Hace teatro?, le pregunto sin saber muy bien para qué .

No.

 

Parece que no le apetece hablar sobre el tema y no quiero molestar. Decido enviarle un mensaje a mi ex - pareja  preguntándole por esta casa y por Edgardo Giménez. Pero no hay red en Punta Indio y el mensaje se pierde en alguna de las nubes que cuelgan cada vez más espesos sobre el campo y no le llega hasta más tarde cuando ya estamos de vuelta en el micro hacia la cuidad Buenos Aires.

 

¿Cóóómo?? Estas en Punta Indio con Edgardo!?

Es dónde siempre te quise llevar. No te acuerdas?

Es dónde pasé mi infancia.

 

El resto del viaje son mensajes de whats-app, cariñosos y nostálgicos. A través de la ventana pasa el paisaje suburbano de una Buenos Aires que se inunda de una luz suave al anochecer. Me veo a mí, a otra versión de mi yo paseando por las calles de la cuidad. Un yo que en el 2009 decidió quedarse a vivir aqui. Mi otro yo gira por la siguiente esquina y pisa una mierda de perro, cosa que ya no veo, porque pasa detrás de le esquina y porque viene Ana a anunciarme un cambio de plan de una de nuestras actividades.

 

Pasan los días, las comidas, las actividades. Entre los residentes internacionales nos hacemos bastante amigos. 

 

Decidimos llamarnos los internachos.

 

Volvemos a tener clase con Federico León, quien nos explica que cualquier crítica que tenemos acerca de un evento artístico es subjetiva y por lo tanto revela más sobre nosotros mismos que sobre la obra de arte que supuestamente estamos críticando.

Le quiero contestar que lo que dice me parece un pensamiento muy peligroso, porque anula le legitimidad objetiva de la crítica, pero me callo. Quiero decirle que el neolibrealismo justamente funciona tan bién porque han conseguido hacernos creer que nosotros mismos somos los principales culpables del estado socio-economico de nuestras vidas, pero León dice algo de muchos otros yos y de Hitler y Ghandi... y me callo.

 

Me callo y busco la culpa de mi desacuerdo en mi propia subjetividad.

 

Siguen más comidas, más actividades sorpresa, más charlas, más risas, más besos.

No sé si es por las cantidades de mates a los que me invitan o por la cantidad de fotos que nos hacen, pero me siento constantemente como perdida en un mundo hyperrealista hasta que una tarde pasa el evento:

 

¿Qué lugar tiene un artista del cuerpo en una país de cuerpos desaparecidos?

 

La pregunta me mata. El filosofo Adrian Cangi nos habla de la memoria física y las heridas de un lugar. Nos cuenta de unas mujeres que buscan los huesos de los desaparecidos en un desierto de Chile, nos habla de  la necesidad del arte de ser profundamente local para poder ser político y acaba ocho horas más tarde con un análisis de una escultura en un museo de Luxemburgo que representa la muerte de un líder del frente bosnio durante la guerra de los Balcanes.

Cuando intento atar sus pensamientos y encontrar algo así como una consecuencia o un hilo rojo en lo que dice se ríe y me contesta que se considera un amante de la paradojas. La respuesta también me mata.

 

 

¿Con qué me quedo? Me quedo con el centro cultural el Matienzo a dónde fuimos el penúltimo día. Con el aire fresco de Punta Indio y la idea del pensamiento situado de Adrian Cangi .

Me quedo con el recuerdo de siete artistas internacionales (no tan) jóvenes, con los cuales conviví diez días muy intensos y sinceros y con los cuales quiero, necesito, debo volver a coincidir.

Me quedo con la idea de una gestoría cultural militante de los gestores del Matienzo.

Me quedo con ganas de volver y conocer más.

Me quedo con ganas de romper con el teatro si el teatro significa idolatrar objetos del pasado y psicologizar la crítica.

Me quedo con el deseo de ver más mujeres dando charlas y workshops.

Me quedé con las ganas de conocer a Lola Arias a quien admiro bastante.

Me quedé con las ganas de un encuentro realmente interdisciplinario.

Me quedo con el vos, porque me parece mucho más elegante que el .

Me quedo con muchísimas fotos que probablemente nunca imprimiré.

Me queda darles las gracias a Ana Schmukler, Mika, Alejandra y Azúl de la Bienal y a Maren Schiefelbein del Instituto Goethe.

Gracias, ha sido la mejor manera de celebrar mi último año de artista joven!

 

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